Leer contra un contador

Cada vez son más las plataformas de lectura digital que incorporan barras de progreso, contadores de páginas y desafíos anuales que hay que cumplir.

Son funciones que en apariencia solo ayudan a organizar, pero que probablemente estén decidiendo algo más profundo sobre cómo nos relacionamos con lo que leemos. Goodreads, StoryGraph, los reading challenges que se renuevan cada enero con la misma promesa de superarnos: son ejemplos de decisiones de diseño tomadas en algún momento por alguien, que consideró que la lectura necesitaba una capa de gamificación para sostenerse en un entorno digital. Esa capa ha terminado convirtiéndose en parte de la experiencia misma, y cuesta ya imaginar la lectura sin ella, aunque se trate de un territorio que durante siglos se sostuvo en algo bastante distinto: la ausencia de estructura, el silencio, el tiempo que no se mide.

Lo curioso es que el objeto que nace para acompañarnos, para llevar la cuenta sin más pretensión que la de organizar, termina dictando cómo nos relacionamos con lo que leemos, y ahí es donde el diseño deja de ser neutral, porque cada barra de progreso es también una pregunta implícita sobre si vamos rápido o lento, si cumplimos o no, y esa pregunta se cuela en un acto que no debería contestarle a nadie. No hablo de si está bien o mal que estas herramientas existan, hablo de lo poco que nos detenemos a pensar en que alguien las diseñó con una intención, y que esa intención, casi siempre pensada para el engagement, para que volvamos, para que registremos, para que no dejemos la aplicación cerrada demasiado tiempo, ha acabado moldeando la forma en que millones de personas se relacionan con la lectura, casi sin que nadie lo haya decidido de forma consciente.

Captura de Goodreads — barra de progreso / reading challenge]

Y es que el diseño rara vez impone algo de golpe, casi nunca llega anunciándose como una nueva norma que hay que seguir, sino que se cuela despacio, en forma de comodidad, de utilidad aparente, de esa sensación de que por fin hay una manera ordenada de llevar la cuenta de algo que antes se vivía sin cuentas, y para cuando queremos darnos cuenta, ya hemos aceptado sus términos sin haberlos discutido nunca. Pienso en cuántas veces he abierto una de estas aplicaciones solo para anotar un libro que acababa de terminar, y he terminado mirando cuántos me faltan para cumplir el objetivo del año, como si esa cifra dijera algo real sobre lo que ese libro fue para mí, sobre las noches que me quitó el sueño o las tardes que me hizo llegar tarde a algún sitio porque no podía soltarlo.

Y me pregunto si esto no es, en el fondo, el mismo fenómeno que llevo tiempo mirando en otros terrenos, el de una estandarización que entra por la puerta de atrás, disfrazada de ayuda, de comunidad, de motivación, y que termina homogeneizando algo que por definición era íntimo e inclasificable. Lo vimos con las terrazas, lo vemos con los rótulos comerciales, y lo vemos ahora con algo tan alejado en apariencia del diseño urbano como es la lectura de una novela en la cama, un domingo por la tarde, sin más testigo que uno mismo. Quizás el reto no esté en volver a un antes sin herramientas, ni en rechazar en bloque todo lo que la tecnología ha traído a la manera en que leemos, sino en preguntarnos qué diseño querríamos para acompañar la lectura si de verdad partiéramos de cómo se vive, y no de cómo se mide, si el punto de partida fuera la experiencia y no el dato que esa experiencia puede generar.

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