El mundo del fútbol atraviesa su propia desaceleración simbólica. Aunque se siguen revisando escudos y la optimización de un logotipo está sobre la mesa de los clubes, las decisiones tienden a ser consensuadas o temporales. Si es necesario, hasta se da marcha atrás. El bolsillo del aficionado, en el centro de la experiencia.
En los últimos meses, clubes de élite como Atlético de Madrid, Aston Villa o Real Valladolid han dado marcha atrás en sus decisiones sobre un cambio de escudo. Se abre así un escenario peculiar de rebranding de un rebranding precedente, una etapa que he bautizado cariñosamente como requetebranding. Las rectificaciones confirman una sospecha que vengo madurando hace tiempo: al aficionado de un equipo no le importa la optimización de su escudo. No tiene especial interés en la digitalización de un emblema que pueda lucir igual de bien en la pantalla de un tablet, en una taza de desayuno y en una sudadera para estar en casa. El hincha no pierde horas de sueño pensando en imágenes vectoriales ni se pregunta por la escalabilidad y adaptabilidad de un logotipo. El hincha no es un brand lover ni se comporta como tal.