La artista sevillana ha sido reconocida por el Ministerio de Cultura por una trayectoria que durante más de tres décadas ha utilizado la performance, la fotografía, el vídeo y la instalación para cuestionar los estereotipos asociados al folclore, la identidad española, el género y las estructuras de poder.

Pilar Albarracín (Sevilla, 1968) ha recibido el Premio Nacional de Artes Plásticas 2026, concedido por el Ministerio de Cultura y dotado con 30.000 euros. El jurado ha destacado «la construcción de una de las trayectorias más singulares y reconocibles del arte español contemporáneo, tanto a nivel nacional como internacional».
La decisión reconoce una carrera desarrollada durante más de tres décadas en torno a algunos de los símbolos más arraigados de la cultura popular española. El flamenco, los toros, los lunares, la gastronomía, la religión o los códigos tradicionalmente asociados a lo femenino aparecen en su obra para ser exagerados, desplazados o directamente puestos en crisis.

Según recoge el fallo, Albarracín ha revisado críticamente los imaginarios culturales españoles abordando «cuestiones vinculadas al género, la tradición, el folclore, la identidad colectiva y las estructuras de poder». Para hacerlo ha trabajado con fotografía, vídeo, instalación, escultura, bordado y, especialmente, con la performance, en numerosas ocasiones utilizando su propio cuerpo como parte de la obra.
Su trabajo parte a menudo de imágenes que reconocemos casi inmediatamente. Ahí reside buena parte de su fuerza: Albarracín no inventa un imaginario nuevo, sino que interviene sobre uno que ya existe y que forma parte de una memoria visual compartida. Trajes de flamenca, mantones, cuchillos, comida o gestos asociados a determinadas representaciones de «lo español» dejan de funcionar como elementos decorativos para convertirse en herramientas desde las que hablar de identidad, violencia, deseo o poder.
La artista se licenció en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla en 1993 y actualmente vive y trabaja entre Sevilla y Madrid. Su trayectoria cuenta con una amplia proyección internacional, con exposiciones en instituciones de Francia, Estados Unidos, China o España. En los últimos años ha presentado muestras en el American University Museum de Washington, el Musée Goya de Castres, la Maison Folie Moulins de Lille o distintos centros de arte contemporáneo en China.

El folclore como campo de batalla
Una de las constantes de su producción ha sido precisamente desmontar la aparente inocencia de determinados símbolos populares. El Museo Reina Sofía define su práctica como un trabajo alimentado por «los estereotipos del folclore español» y especialmente por el costumbrismo andaluz, abordados desde la ironía y una fuerte carga simbólica para tratar cuestiones relacionadas con el cuerpo, el género y la identidad.
Esa relación con las imágenes heredadas aparece desde sus primeros trabajos. Mujeres, realizada originalmente en 1993 y actualmente perteneciente a la colección del Museo Reina Sofía, reúne siete retratos de trabajadoras sexuales de Sevilla. La obra formó parte de 100 %, considerada una de las primeras exposiciones dedicadas a la crítica de género en España.
Desde entonces, Albarracín ha construido una obra difícil de separar de la propia cultura visual española. Más que rechazar sus símbolos, los toma prestados, los exagera y altera su significado. El humor convive así con imágenes incómodas y escenas en las que aquello que parecía familiar deja repentinamente de serlo.
El reconocimiento llega además en un momento de renovada presencia de su obra en las instituciones españolas. Pilar Albarracín forma parte de la nueva presentación de la colección de arte contemporáneo del Museo Reina Sofía, inaugurada en febrero de 2026 y dedicada a recorrer cincuenta años de creación, desde 1975 hasta la actualidad. El museo sitúa su trabajo dentro de las prácticas vinculadas a las sensibilidades de género y a la crítica de la representación.
Con el Premio Nacional de Artes Plásticas 2026, el Ministerio reconoce precisamente esa capacidad para utilizar imágenes profundamente asentadas en el imaginario colectivo y hacer que vuelvan a resultar extrañas. Una operación que Albarracín lleva practicando desde hace más de treinta años: mirar aquello que creemos conocer y obligarnos a preguntarnos de nuevo qué significa.














