El libro como packaging cultural: la obra urbana de PichiAvo llega al papel con Vanguard Graphic

Un libro no solo recoge una obra. También la contiene, la protege, la ordena y la presenta. En Our Odyssey, el volumen dedicado al trabajo de PichiAvo y producido por Vanguard Graphic —compañía de Ferlicom Group, al que también pertenece Dilograf Labels—, esa idea se vuelve especialmente visible: el objeto editorial funciona como un packaging cultural capaz de trasladar al papel, la escala, el color y la presencia física de una obra nacida en la calle.

Durante mucho tiempo, el packaging se ha explicado desde su función más inmediata: envolver, conservar, proteger, transportar, identificar. Una caja de perfume, una etiqueta de vino, un estuche de cosmética, una bolsa, un expositor, una funda. Pero el diseño hace tiempo que amplió ese territorio. Hoy el packaging también es relato, percepción, memoria, contacto físico, experiencia de marca. Y, visto desde ahí, un libro también puede entenderse como una forma de packaging.

No todos los libros, claro. Pero sí aquellos que no se limitan a ordenar páginas, sino que construyen un objeto. Libros donde el papel, la cubierta, la encuadernación, el peso, el tacto, la apertura, el color o los acabados no son decisiones secundarias, sino parte esencial del mensaje. Libros que no solo se leen o se miran, sino que se reciben, se sostienen, se abren, se recorren y se conservan. Libros que empaquetan una obra del mismo modo que un buen envase empaqueta un producto: no como una piel neutra, sino como una interpretación material de aquello que contienen.

Our Odyssey, el volumen dedicado a la trayectoria de PichiAvo, permite pensar precisamente desde ese lugar. El dúo formado por Juan Antonio Sánchez y Álvaro Hernández se encontraron en la escena grafitera valenciana en 2007 y su proyección internacional ha pasado por intervenciones como Wynwood Walls, Houston Bowery Wall o la escultura monumental de 26 metros realizada para las Fallas de Valencia. Desde entonces, PichiAvo ha construido un lenguaje reconocible a partir de la fusión entre arte clásico y arte urbano contemporáneo, una práctica que ellos mismos han definido como «Urban Mythology». Su obra vive en la tensión entre dos mundos: la tradición escultórica, mitológica y académica, y la energía del grafiti, el muralismo y el espacio público. 

Para Vanguard Graphic la dificultad estaba en trasladar todo eso a un objeto de otra escala. Una cosa es enfrentarse a una obra de PichiAvo en una fachada, sometida a la arquitectura, al clima, al tránsito y a la distancia. Otra, convertir esa experiencia en un libro que debe funcionar entre las manos. El propio proyecto exigía algo más que una reproducción correcta: necesitaba una traducción física de un universo visual marcado por la intensidad cromática, la textura y la presencia material.

Desde Vanguard Graphic lo explican de forma muy clara: «El gran reto era trasladar a un formato editorial toda la fuerza visual y física de una obra pensada para gran escala y para el espacio urbano». En ese tránsito, el color era importante, pero no era el único problema. También lo eran la elección de los materiales, la construcción del libro, la cubierta, el tipo de encuadernación y la capacidad de hacer que el objeto mantuviera carácter, profundidad y experiencia más allá de la imagen impresa.

El libro está encuadernado con lomo visto e hilo azul; las cubiertas están contraencoladas con papel gris; la portada incorpora una imagen impresa troquelada a láser; la contraportada incluye un grabado; y el interior combina dos materiales, estucado mate y offset, ambos de Lecta, además de inserts de menor tamaño en offset fino impresos a una tinta. El tratamiento de imagen fue realizado por Xavi Parejo, encargado también del cierre de los documentos para impresión.

En términos estrictos, eso es producción editorial. Pero leído desde el packaging, es otra cosa: es una arquitectura de acceso. La cubierta protege y anticipa; el lomo revela el sistema constructivo; el papel condiciona la lectura de la imagen; los inserts introducen cambios de ritmo; el troquel genera una relación entre superficie y profundidad; el grabado añade memoria táctil. Cada decisión envuelve el contenido y modifica su percepción.

Por eso el caso resulta especialmente interesante en una revista dedicada al packaging.Porque obliga a desplazar la mirada. El packaging no es solo aquello que rodea un producto comercial. También puede ser la forma en que una obra se entrega al mundo. Vanguard Graphic lo formula así: «Un libro también puede entenderse como una forma de packaging cultural o editorial, porque no solo aporta un contenido, sino que lo envuelve, lo presenta, lo contextualiza y condiciona cómo se percibe y se experimenta».

Las conversaciones entre Pichiavo y Vanguard Graphic apuntaban en esa dirección. Los artistas explicaban que, teniendo en cuenta su condición de creadores visuales, el diseño y el aspecto del libro eran primordiales. No querían solo una antología, sino «un objeto de diseño digno de tener en la mesa y hojear de vez en cuando». Y añadían que papel, impresión, color, encuadernado o portada eran «piezas indisociables del mismo puzle», fundamentales para que el libro alcanzara el resultado buscado.

La frase es significativa porque desplaza el libro del terreno del archivo al terreno del objeto. Our Odyssey no funciona solo como una recopilación de imágenes de diez años de trabajo. Funciona como una pieza que debe condensar una manera de entender la obra, la calle, el color, el proceso y la memoria visual de un estudio. El libro empaqueta una trayectoria, pero no la encierra: la reorganiza en una experiencia nueva.

«Nos interesaba que el libro no fuera solo una recopilación de imágenes, sino una pieza física capaz de contener nuestro universo visual: la calle, el estudio, el color, la textura y esa relación entre lo clásico y lo urbano que atraviesa nuestro trabajo», explica Pichi.

El papel de la imprenta, en este tipo de proyectos, ya no puede entenderse como una fase final y puramente mecánica. PichiAvo lo reconocen al explicar que el equipo de la imprenta les guió, les aconsejó y marcó los límites de lo que podía hacerse y de qué manera. También señalaban que el color fue uno de los grandes desafíos: el libro recogía obras de arte que debían verse sobre el papel de la forma más parecida posible a la realidad. Tras varias pruebas, una primera tirada no alcanzó el grado de fidelidad buscado y hubo que corregir el proceso entre diseñador, retocador e imprenta.

Ese punto resulta especialmente revelador. Imprimir una obra no es simplemente reproducirla. Es traducirla. Y toda traducción implica pérdidas, decisiones, ajustes y criterio. En un mural, el color vive al aire libre, sobre una superficie arquitectónica, sometido a la luz cambiante. En un libro, vive sobre un papel concreto, con una tinta concreta, dentro de una secuencia de páginas y bajo unas condiciones de lectura completamente distintas. La fidelidad no consiste solo en parecerse al original, sino en encontrar una equivalencia material creíble.

En esa equivalencia, el papel y los acabados no son adornos. Vanguard Graphic lo resume con una frase que podría aplicarse tanto al libro objeto como al packaging de alta gama: «Los materiales y los acabados no son solo una cuestión estética, sino parte del propio lenguaje del proyecto». El mismo contenido, añaden, puede transmitir sensaciones completamente distintas según cómo esté producido; una solución más convencional probablemente habría hecho perder parte de la experiencia, la personalidad y el valor emocional de Our Odyssey.

La investigación sobre packaging lleva años insistiendo en esa dimensión sensorial. Estudios sobre percepción háptica han mostrado que los materiales de un envase pueden generar asociaciones entre tacto y sabor, y que la experiencia táctil influye en la manera en que se interpreta un producto. Esa lógica puede trasladarse al libro objeto. El contenido puede ser el mismo, pero la experiencia cambia radicalmente según el papel, el peso, la textura, el tipo de apertura, el sonido de las páginas o la resistencia de la cubierta. En un entorno saturado de imágenes digitales, esa dimensión física adquiere un valor cultural añadido.

No se trata de defender el papel desde la nostalgia. Se trata de entender que cada soporte activa una relación distinta con el contenido. La pantalla distribuye, acelera, multiplica y archiva. El libro fija, ordena, pesa, ocupa, envejece y permanece. Por eso, en ámbitos como el arte, la fotografía, el diseño o la cultura visual, el libro físico tiende a reforzar su condición de objeto. Vanguard Graphic habla de una «revalorización clara del libro como objeto icónico» y señala que las publicaciones vinculadas a estos campos buscan hoy una experiencia «más sensorial, tangible y emocional».

El fenómeno no se limita al mundo editorial. En packaging, las mismas tensiones son cada vez más visibles: materiales más responsables, acabados diferenciales, tiradas más cortas, personalización, rapidez y capacidad de adaptación. Smithers estima que el mercado global de impresión digital para packaging y etiquetas alcanzará los 22 000 millones de dólares en 2025 y crecerá hasta los 36 900 millones en 2030, un dato que evidencia el dinamismo de un sector que demanda flexibilidad, diferenciación y valor añadido.

Ahí aparece también Dilograf Labels, no como parte directa de Our Odyssey, sino como otro territorio de esa misma cultura material. En las etiquetas, como en los libros objeto, el soporte no es inocente. Una etiqueta puede construir percepción de calidad, naturalidad, precisión, artesanía, tecnología o lujo. Puede modificar la lectura de un vino, una crema, un alimento o una fragancia. Puede hacer que un producto parezca cercano o sofisticado, industrial o delicado, cotidiano o excepcional. Desde ese lugar, la experiencia editorial de Vanguard Graphic y el trabajo de Dilograf Labels en etiquetas comparten una misma pregunta de fondo: cómo convertir una idea gráfica en un objeto capaz de ser visto, tocado, recordado y conservado.

Por eso resulta tan pobre la idea de que todas las imprentas son iguales. La maquinaria importa, pero no basta. En proyectos como Our Odyssey, la diferencia está en la capacidad de leer una intención creativa, anticipar problemas, proponer materiales, ajustar el color, entender la encuadernación como lenguaje y acompañar el proceso sin sustituir la visión del autor ni del diseñador. Como dicen desde Vanguard Graphic: «La tecnología es importante, pero cada vez pesan más el conocimiento, el criterio y la capacidad de acompañar los proyectos aportando soluciones reales».

En el fondo, todo buen packaging hace eso. No solo envuelve. Da forma a una expectativa. Construye una relación entre exterior e interior. Decide cómo aparece una cosa ante quien la recibe. En este caso, lo que aparece no es un perfume, una botella o un producto de consumo, sino una década de trabajo artístico. Y el envase no es una caja, sino un libro.

Esa es la potencia de Our Odyssey: recordar que la cultura también necesita formas de presentación, sistemas de protección, decisiones materiales y experiencias de acceso. Que un libro puede ser archivo, catálogo, objeto, relato y packaging al mismo tiempo. Y que, cuando artistas, diseñadores e imprentas trabajan desde esa conciencia, la producción gráfica deja de ser el último paso de una idea para convertirse en una parte esencial de su significado. 

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