Cuando ordenar el color no basta para diseñar una plaza

El Ayuntamiento de Valencia ha presentado una propuesta de renovación estética para las terrazas de la Plaza del Ayuntamiento. La imagen que se ha hecho pública muestra una paleta unificada en tonos crudos y sombrillas básicas y neutras, iguales para todos los locales de la plaza.

El problema no está en el color de la sombrilla. Está en el modelo. La gran mayoría de los locales de esa plaza son franquicias, y es ese hecho, no el tono de una lona, lo que de verdad decide qué es la plaza hoy. Eso no aparece en ninguna propuesta, porque no se puede resumir en una imagen de antes y después. Así que se regula lo que se puede fotografiar, y lo que de verdad define el lugar sigue exactamente igual.

Y hay un detalle que ilustra esto mejor que cualquier argumento. Cuando el propio Ayuntamiento anunció el proyecto en sus redes, lo acompañó de dos imágenes generadas con inteligencia artificial que debían mostrar cómo quedaría la plaza. El problema es que ninguna de las dos es la Plaza del Ayuntamiento: el edificio no coincide, la perspectiva es imposible, una de ellas se parece más a otra plaza de la ciudad que a la que dice representar. Se hizo viral por el motivo equivocado. Y hay algo en ese error que va más allá de lo técnico. Si ni siquiera se paró nadie a comprobar si la imagen correspondía a la plaza real, es difícil pensar que alguien se paró a sentir esa plaza antes de decidir cómo iba a quedar.

Porque de eso trata realmente diseñar un espacio, o una marca, o cualquier cosa que la gente vaya a habitar: no de acertar con una paleta de colores, sino de entender qué siente alguien cuando cruza ese lugar, qué recuerdo le activa, qué lo hace sentirse en su ciudad y no en cualquier otra. Una plaza no es solo su mobiliario, es el sitio donde alguien ha quedado mil veces con alguien, donde ha pasado las Fallas, donde reconoce el sonido de la fuente antes de verla. Eso no se mide en un pliego de condiciones, y sin embargo es lo primero que debería defender cualquier decisión sobre cómo va a cambiar. Cuando el criterio se reduce a variables medibles, se pierde justo lo que hace que un lugar sea de alguien: no su aspecto, sino el vínculo que genera.

Un pliego de condiciones traduce cualquier objetivo en variables medibles: color, material, dimensiones máximas, número de elementos permitidos. Ese lenguaje es necesario para adjudicar sin arbitrariedad, pero deja fuera todo lo que no se puede medir. La personalidad de un lugar no se mide, ni tampoco el vínculo emocional que la gente tiene con él, así que la parte fácil de medir recibe todo el cuidado normativo, y la parte que de verdad importa queda fuera de cualquier expediente. Nadie firma esta estética con su nombre. La firma un documento técnico, y un documento técnico no siente nada por el lugar que está regulando.

Diseñar de verdad esta reforma habría significado contratar a un profesional del diseño, alguien con nombre propio dispuesto a defender su propuesta ante quien preguntara por qué, y que además hubiera empezado por preguntarse qué representa esa plaza para quien la vive, antes de elegir el color de una sombrilla. Encargarlo por pliego, en cambio, no es diseñar poco. Es no diseñar, y disfrazarlo de que sí.

Entiendo por qué se llega a esto. Un pliego protege de la arbitrariedad, y en una institución la arbitrariedad se paga cara. Es más fácil defender un color aprobado por escrito que defender un vínculo emocional que nadie sabe cómo justificar en un documento. No es mala fe, es la vía que menos riesgo asume. Pero esa lógica, aplicada al espacio público, tiene un coste que no se ve en el expediente: una plaza que se parece cada vez más a cualquier otra, no porque nadie quisiera eso, sino porque nadie se paró a preguntar qué sentía la gente por ella antes de cambiarla.

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