La exposición A World of Wonder reúne más de 70 obras y 20 instalaciones interactivas de los artistas valencianos en un recorrido de 1.000 metros cuadrados por el National Taiwan Science Education Center, donde podrá visitarse hasta el 28 de septiembre. La muestra invita al público a entrar en unas composiciones creadas de forma manual mediante bocetos, escenografías, vestuario y objetos, sin recurrir a inteligencia artificial.
Anna Devís y Daniel Rueda son arquitectos, fotógrafos y artistas visuales formados en la Universitat Politècnica de València. Desde hace más de una década trabajan juntos en la creación de imágenes que combinan arquitectura, fotografía, diseño, moda e ilustración. Entre los dos han construido un lenguaje visual reconocible por el uso del color, las geometrías, las ilusiones ópticas y los objetos cotidianos, con el que han colaborado con firmas como Netflix, Disney, Amazon, Meta o Coca-Cola.
En un momento en el que una imagen puede generarse en cuestión de segundos, ellos siguen comenzando cada proyecto con papel y lápiz. Sus fotografías nacen de un boceto, continúan con la búsqueda de una localización y exigen después construir decorados, fabricar objetos, confeccionar vestuario y organizar cuidadosamente la arquitectura, el color y la luz natural.
Este proceso creativo protagoniza ahora A World of Wonder, la mayor exposición dedicada hasta la fecha al trabajo del dúo valenciano. La muestra ocupa 1.000 metros cuadrados del National Taiwan Science Education Center, en Taipéi, y reúne más de 70 obras junto a 20 instalaciones interactivas que trasladan sus fotografías al espacio físico.
Las escenografías, los objetos y los elementos gráficos abandonan el formato bidimensional para convertirse en espacios que el público puede recorrer. El público deja de observar las imágenes desde fuera y pasa a ocupar el lugar de las figuras, completar las composiciones y experimentar desde dentro los juegos de escala, perspectiva y color diseñados por los artistas.
El proyecto ha sido desarrollado en colaboración con la firma GUBEIDING, encargada de materializar el lenguaje visual de Devís y Rueda en un formato inmersivo. La muestra amplía el planteamiento iniciado en Happygraphers, la exposición presentada hasta marzo de 2025 en el Museo de Arte Hangaram del Seoul Arts Center, en Corea del Sur. Aquella propuesta reunió cerca de un centenar de obras y tres instalaciones interactivas; en Taipéi, el número de escenarios habitables aumenta hasta veinte.
De la fotografía al espacio habitable
Cada obra comienza con un dibujo que poco a poco se transforma en un plano detallado. A partir de ahí producen todos los elementos necesarios para materializar la escena: pintan fondos y paredes, diseñan accesorios, confeccionan prendas a medida y, cuando el proyecto lo requiere, recurren incluso al corte de piezas. Algunas fotografías se realizan en el patio de su estudio en València y otras dependen de fachadas, pavimentos, ventanas o espacios públicos localizados en distintas ciudades.
La imagen definitiva se captura principalmente con luz natural y se somete a una edición posterior mínima. Las ilusiones ópticas, los volúmenes y los cambios de escala se resuelven físicamente antes de pulsar el disparador. Esta forma de trabajo no supone tanto un rechazo de la tecnología como la defensa de una práctica basada en el tiempo, la observación y la construcción material.
«No es casualidad que el humor, el color y la belleza sean elementos casi omnipresentes en nuestras historias», explica Anna Devís. «Queremos que nuestras fotografías transmitan un mensaje de optimismo y alegría, que inspiren y dejen un poso positivo en quien las observa».
Daniel Rueda señala que su intención es invitar a «redescubrir el mundo que nos rodea y a buscar la sutil belleza que se esconde en lo cotidiano». Esa atención a los elementos comunes atraviesa buena parte de sus series, donde una ventana puede convertirse en un objeto, una pared en una composición gráfica y un sombrero en el punto de partida de una nueva escena.
Un guiño a la cultura taiwanesa
Entre las instalaciones creadas específicamente para la exposición se encuentra Strawordinary, una obra inspirada en el té con perlas. La pieza establece una conexión directa con la cultura popular taiwanesa y transforma uno de sus elementos cotidianos más reconocibles en una escenografía de gran formato.
Partir de una fotografía y recuperar su dimensión física para permitir que el público se introduzca en ella. Lo que antes quedaba delimitado por el encuadre se convierte ahora en arquitectura temporal, una construcción concebida para ser recorrida, fotografiada y completada por el espectador.
