La bodega catalana convoca la cuarta edición de su concurso para elegir la etiqueta del Vi Novell 2026. Profesionales, estudiantes y aficionados pueden presentar hasta dos propuestas, pero solo quien resulte ganador recibirá 3.000 euros. El vino se paga; el trabajo de quienes no sean seleccionados, no.
«Dissenyes?». Así, con una pregunta breve, simpática y aparentemente inocente, Celler Masroig anuncia en Instagram que busca el diseño de la etiqueta de su Vi Novell 2026. A continuación anima a profesionales, estudiantes, personas emprendedoras y aficionadas a «vestir» la botella del vino más festivo, joven e irreverente de la bodega. El diseño ganador recibirá 3.000 euros. Los demás, gracias por participar.
Decenas de lectores se han puesto en contacto con Gràffica para denunciar este concurso. Y no es casualidad que muchos coincidan que esta práctica no es aceptable.
La manera de comunicarlo no es un detalle menor. «¿Diseñas?» coloca al mismo nivel a quien ejerce profesionalmente, a quien estudia y a quien sencillamente siente cierta curiosidad por el diseño. Todo queda convertido en una actividad abierta y entretenida, casi como preguntar «¿te gusta dibujar?» o «¿eres una persona creativa?». Sin embargo, lo que Celler Masroig necesita no es un pasatiempo ni un ejercicio académico: necesita la identidad gráfica de un producto que comercializará, promocionará y colocará en el mercado.
La bodega, por supuesto, es una empresa privada y puede organizar el procedimiento que considere oportuno. La cuestión no es si tiene derecho a convocar el concurso, sino qué modelo está normalizando. En lugar de seleccionar a un diseñador por su trayectoria o su porfolio, encargarle el proyecto y pagar por el trabajo, invita a un número indeterminado de personas a resolver previamente su necesidad. Después elegirá una propuesta y remunerará únicamente a su autor.
Trasladado al vino, el procedimiento suena bastante menos amable:
«¿Haces vino? Envíanos diez botellas. Las probaremos todas y, si una nos gusta, quizá te paguemos esa».
Ninguna bodega consideraría razonable producir, embotellar y entregar una cosecha para competir por la posibilidad de cobrar. Con el diseño, en cambio, el trabajo especulativo sigue presentándose como una oportunidad, una plataforma de visibilidad o una forma de impulsar el talento emergente.
El premio de 3.000 euros no es despreciable y puede resultar adecuado para quien gane. Tampoco resulta extraño que la bodega necesite los derechos suficientes para utilizar comercialmente la etiqueta elegida. Ese no es el problema. El problema es todo el trabajo que queda fuera de la fotografía final: las ideas descartadas, las horas invertidas, las investigaciones, los bocetos y las propuestas que Celler Masroig recibe sin asumir ningún coste.
Si el objetivo real fuera descubrir nuevos talentos, existe una fórmula bastante sencilla: convocar porfolios, seleccionar a tres o cuatro profesionales y pagar a cada uno por desarrollar una propuesta. Después, elegir la etiqueta definitiva y abonar su producción y aplicación. Así también habría concurso, visibilidad y oportunidad, pero el trabajo tendría valor incluso cuando no resultara ganador.
«No t’ho pensis més i presenta’t», concluye la publicación de Instagram. Y quizá precisamente eso sea lo que conviene hacer: pensárselo un poco más.
Lo más curioso es que figuras del diseño reconocidas ya han optado a este concurso y han ganado. Si referentes del diseño, o algunas revistas que dicen que apoyan al sector creativo, no piensan en las consecuencias de este tipo de prácticas ¿qué podemos pedirles a los demás?. Si no empezamos por nosotros mismos va ser difícil que los clientes cambien.
