Volvemos de vacaciones y, casi sin darnos cuenta, repetimos algunos de los rituales de enero. Retomamos proyectos, recuperamos rutinas, hacemos listas y volvemos a pensar que esta vez conseguiremos organizarnos un poco mejor. Quizá por eso septiembre es también el momento de recuperar agendas, libretas y calendarios: objetos de papel que, incluso rodeados de aplicaciones y pantallas, siguen proponiéndonos otra manera de relacionarnos con el tiempo.
Hay dos momentos del año en los que parece razonable prometerse que todo va a cambiar. Uno es enero. El otro, septiembre.
En enero estrenamos año, hacemos listas, nos proponemos ordenar el estudio, hacer más deporte, leer aquellos libros pendientes, gestionar mejor los proyectos o dejar de llegar al viernes preguntándonos dónde se ha ido la semana. Septiembre tiene algo parecido, aunque sin uvas ni campanadas. Volvemos del verano, los días empiezan a acortarse, regresan los colegios, las reuniones y los correos que habíamos conseguido ignorar durante unas semanas. Y aparece de nuevo esa sensación de comienzo.
En buena parte del hemisferio norte, septiembre funciona así como una especie de segundo Año Nuevo. El calendario dice que todavía quedan cuatro meses para terminarlo, pero nuestra cabeza parece empeñada en inaugurar otro ciclo. En el hemisferio sur esa relación es diferente: el comienzo del año coincide con el verano y no existe de la misma manera ese regreso de septiembre que aquí asociamos al final de las vacaciones y la recuperación de las rutinas.
Tal vez por eso estos días reaparecen también algunos objetos que durante el verano habíamos dejado abandonados. Recuperamos una libreta. Volvemos a mirar el calendario de la pared. Abrimos una agenda y descubrimos que la última anotación seria es de julio. Compramos otra porque estamos convencidos de que una organización diferente solucionará aquello que no solucionó la anterior. Y, a veces, funciona.
No necesariamente porque una agenda consiga que tengamos más tiempo, sino porque obliga a representarlo. Una semana deja de ser una sucesión abstracta de notificaciones y pasa a ocupar un espacio determinado sobre una página. Una reunión está allí. También una entrega. El dentista del jueves, la llamada que llevamos tres días aplazando o ese proyecto personal para el que nunca encontramos hueco.
Una de las agendas que hemos editado este año en Gràffica parte precisamente de esa relación flexible con el comienzo. Es atemporal: no empieza el 1 de enero ni termina obligatoriamente el 31 de diciembre. Puede comenzarse en septiembre, en marzo o cualquier martes en el que uno decida que necesita organizarse de otra manera. Una pequeña decisión de diseño que cuestiona una convención bastante arraigada: que para empezar algo necesitamos esperar a que el calendario nos dé permiso.
Diseñar una manera de mirar el tiempo
Una agenda es, en el fondo, una interfaz. Decide qué vemos primero, cuánto espacio concedemos a cada día, cómo distinguimos una semana de otra y qué podemos hacer sobre la página. Hay agendas diarias, semanales y mensuales; algunas reservan grandes espacios para escribir y otras reducen cada jornada a unas pocas líneas. Las hay estrictamente funcionales y otras que incorporan ilustraciones, fotografías, citas, gráficos o pequeños espacios para registrar hábitos.
Con los calendarios ocurre algo parecido. Un calendario de pared permite contemplar el mes de un vistazo y termina formando parte del paisaje de una habitación durante todo un año. El de sobremesa ocupa ese pequeño territorio que queda entre el teclado, el café y las cosas pendientes. Otros funcionan casi como carteles, láminas o pequeñas publicaciones seriadas en doce entregas.
No existe una solución universal porque tampoco existe una única manera de organizar el tiempo. Precisamente ahí aparece el diseño.
Tipografía, jerarquía, tamaño, retícula, encuadernación, papel o sistema de impresión condicionan la experiencia de algo aparentemente tan sencillo como consultar qué tenemos que hacer mañana. Y esto convierte agendas y calendarios en proyectos particularmente interesantes para diseñadores, ilustradores, fotógrafos, estudios y marcas.
También explica que continúen siendo piezas habituales de comunicación. Una empresa puede producir una agenda para su equipo, un estudio convertir su calendario anual en un pequeño proyecto editorial, un ilustrador plantear doce imágenes alrededor de un concepto o una marca utilizarlo como objeto para clientes y colaboradores. A diferencia de buena parte de la comunicación promocional, condenada a desaparecer en unos segundos por una pantalla, un calendario bien resuelto puede permanecer doce meses encima de una mesa.
Para llevar ese tipo de proyectos al papel existen servicios especializados como Imprenta Online, que dispone de una sección específica para la impresión de agendas y calendarios personalizados, con diferentes formatos y soluciones de producción. Esa posibilidad permite pensar estas piezas no únicamente como productos predeterminados, sino como soportes sobre los que desarrollar una identidad, una serie gráfica, un proyecto fotográfico o cualquier otro planteamiento visual.
Y aquí hay algo importante. Si vamos a imprimir un calendario o una agenda para alguien, quizá merezca la pena plantearse primero por qué esa persona querría conservarlo. Añadir un logotipo a todas las páginas no convierte automáticamente una agenda en una buena pieza de comunicación. Diseñar algo útil, agradable de utilizar o suficientemente interesante como para querer tenerlo delante durante meses probablemente sí.
Papel para un mundo lleno de pantallas
Todo esto sucede mientras llevamos en el bolsillo dispositivos capaces de hacer el mismo trabajo con una eficiencia difícil de discutir. El teléfono nos avisa de una reunión quince minutos antes, sincroniza calendarios con otras personas, modifica automáticamente una cita y permite consultar dentro de seis meses qué estaremos haciendo un miércoles por la tarde.
Entonces, ¿para qué seguir utilizando papel? Quizá precisamente porque no hace lo mismo. Una agenda no envía notificaciones. Un calendario colgado en una pared no vibra. Una libreta no despliega un mensaje mientras estamos escribiendo otra cosa. Son tecnologías mucho más limitadas y esa limitación puede ser parte de su atractivo. Exigen que vayamos hacia ellas en lugar de reclamar continuamente nuestra atención.
También dejan rastros. Tachamos algo. Cambiamos una fecha. Dibujamos una flecha. Escribimos con prisa y unas semanas después apenas entendemos nuestra propia letra. Cuando termina el año, una agenda utilizada contiene algo que difícilmente encontramos al recorrer el historial de Google Calendar: las marcas físicas de cómo hemos vivido ese tiempo.
Por eso septiembre puede ser un buen momento para recuperarlas. No porque una agenda nueva vaya a convertirnos mágicamente en personas ordenadas ni porque un calendario vaya a conseguir que entreguemos todos los proyectos a tiempo. Tampoco hace falta engañarnos.
Pero volver a poner delante de nosotros los días, las semanas y los meses puede ayudarnos a decidir qué queremos hacer con ellos.
Y quizá esa sea la razón por la que seguimos diseñando e imprimiendo agendas y calendarios cuando prácticamente toda nuestra vida ya cabe dentro de una pantalla. El papel propone otro ritmo. Un lugar más quieto en el que escribir lo que tenemos que hacer, tachar lo que ya hemos hecho y comprobar, de vez en cuando, cuánto queda.
Septiembre acaba de empezar. No es enero, pero para algunas cosas tampoco hace falta esperar cuatro meses.
