Sekondo convierte a ChatGPT y Claude en operadores de Photoshop, Illustrator, InDesign y otras aplicaciones de Adobe

Sekondo permite que ChatGPT o Claude actúen directamente sobre archivos abiertos en Photoshop, Illustrator, InDesign, After Effects, Premiere Pro o Lightroom Classic mediante instrucciones en lenguaje natural. En lugar de generar una pieza aparte, trabaja sobre capas, textos, estilos y elementos editables del documento original. Su propuesta apunta a algo más amplio que la simple automatización: empezar a sustituir parte de la interacción directa con el software por una conversación con la inteligencia artificial.

La lógica es bastante distinta de la que hemos asociado hasta ahora a buena parte de las herramientas generativas. Sekondo no plantea abandonar el entorno de Adobe para producir un resultado autónomo, sino entrar en el archivo de trabajo y operar sobre él. ChatGPT o Claude interpretan la instrucción; Sekondo funciona como puente con la aplicación y ejecuta los cambios sobre la estructura existente del documento.

Eso significa que la intervención puede producirse sobre un InDesign con sus estilos y cajas de texto, un Photoshop organizado por capas o una composición de After Effects con sus propiedades y keyframes. El interés no está tanto en generar una pieza desde cero como en actuar sobre un sistema ya construido: traducir un documento sin desmontar la maqueta, adaptar una campaña a diferentes formatos, replicar un criterio de retoque o ejecutar en serie cambios que hasta ahora exigían una sucesión de operaciones manuales.

Detrás de Sekondo está Jose Manuel Fernández, diseñador gráfico desde 1992 y fundador de Colectivo Zulú, estudio de diseño gráfico, infoarquitectura 3D y escenografía digital con presencia en Málaga y Córdoba. Fernández explica que la herramienta surgió precisamente de esa experiencia cotidiana de estudio y de una constatación: una parte considerable del tiempo no se emplea en decidir cómo debe ser una pieza, sino en llevar esas decisiones a todos los formatos, idiomas y soportes necesarios.

«Una identidad completa son, como mínimo, quince días de trabajo: con suerte, dos se dedican a pensar y los otros trece a producirla, formato a formato e idioma a idioma», sostiene. La proporción responde a su propia experiencia profesional, pero ayuda a explicar dónde pretende situarse Sekondo: no tanto en la generación de la idea como en todo el trabajo que comienza una vez que esa idea debe convertirse en decenas o cientos de archivos.

En sus demostraciones, la compañía muestra la traducción de un dossier de doce páginas en siete segundos o el procesamiento de 124 fotografías de joyería a aproximadamente un segundo por imagen, una vez establecido el tratamiento sobre la primera. Son cifras procedentes de pruebas de la propia empresa y que habrá que contrastar en situaciones de producción diferentes, pero permiten entender el tipo de tareas que intenta acelerar.

La IA entra en el archivo

Una de las diferencias que Fernández subraya frente a otros flujos basados en IA es que Sekondo no devuelve necesariamente una imagen terminada o un resultado plano. Opera sobre el documento y mantiene su estructura editable.

«El trabajo de un estudio no termina cuando la pieza queda bien: termina cuando se entrega, y después llegan las correcciones. Sekondo no te devuelve una imagen: trabaja en tu documento, con tus capas, tus estilos y tus textos, y todo lo que hace lo puedes seguir editando», explica.

Esta circunstancia resulta especialmente relevante en trabajos que necesitan evolucionar después de una primera entrega. Un cambio de precio, una nueva traducción, una sustitución de imagen o una modificación de última hora continúan realizándose sobre el mismo sistema de capas, estilos y elementos que utilizaría cualquier otro integrante del estudio.

También cambia la lógica de las adaptaciones. Ante una campaña que debe trasladarse a veinte formatos, Fernández asegura que la herramienta no se limita a aplicar un escalado automático. Primero analiza la estructura de la composición y después intenta reorganizarla para las distintas proporciones, teniendo en cuenta márgenes o zonas ocupadas por las interfaces de las redes sociales. Cuando la adaptación exige eliminar información o adoptar una decisión que afecta al contenido, sostiene que debe devolver esa elección al profesional.

Ahí aparece una de las ideas centrales con las que Sekondo quiere diferenciarse de otras aproximaciones a la IA creativa: separar decisión de ejecución.

«Sekondo podría tomar decisiones creativas, pero no es lo que quiere un diseñador: en la obra tiene que mandar su criterio. La tipografía, el color y lo que dice cada pieza son del diseñador. Lo que se delega es la ejecución: las operaciones que hay que repetir cien veces para llevar una decisión a todas las piezas», señala Fernández.

La frontera, naturalmente, no siempre será tan nítida. Recolocar elementos en veinte proporciones distintas implica también interpretar jerarquías, relaciones espaciales y prioridades visuales. Precisamente por eso resulta relevante el sistema de control que plantea la herramienta.

Antes de intervenir, Sekondo analiza determinados parámetros del documento; después de realizar los cambios vuelve a comprobarlos y muestra en su panel la secuencia de operaciones. Según Fernández, puede además crear una capa en la que señala en amarillo los elementos modificados, facilitando una revisión concentrada únicamente en aquello que ha cambiado.

«Una de mis primeras exigencias fue poder deshacer lo que hace: en casi todas las aplicaciones, cada orden se deshace con un solo Cmd+Z, aunque haya hecho 321 cambios. Y no guarda encima de tus originales si no se lo pides», explica.

Es un detalle aparentemente menor, pero fundamental cuando la promesa de velocidad empieza a medirse en cientos de operaciones. Automatizar cien cambios en segundos sirve de poco si comprobarlos requiere después el mismo tiempo que habría llevado ejecutarlos.

Dirigir en lugar de ejecutar

El cambio más interesante que plantea Sekondo quizá no esté, sin embargo, en esas cifras de productividad. Está en la relación con el propio software.

Durante décadas, dominar Photoshop, Illustrator o InDesign ha significado aprender su interfaz: conocer herramientas, menús, paneles, atajos y procedimientos, además de adquirir el criterio necesario para decidir cuándo y cómo utilizarlos. Con una capa de lenguaje natural entre el profesional y el programa, una parte de esa relación cambia.

Fernández lo describe como un desplazamiento desde la ejecución hacia la dirección del trabajo. «El diseñador pasa de ejecutar cada paso a dirigir el trabajo: dar la dirección, revisar el resultado y decidir qué funciona. Hasta ahora, yo ejecutaba las instrucciones dentro del programa; con Sekondo, puedo dárselas».

La comparación que utiliza es la de una nueva incorporación al estudio: alguien que conoce el software, pero desconoce por completo el proyecto, el cliente o las particularidades de la identidad con la que está trabajando. El conocimiento operativo puede estar disponible; el contexto y el criterio tienen que proporcionárselos quienes dirigen el trabajo.

Ahí aparece también uno de los interrogantes que acompañará inevitablemente a estas herramientas. Si cada vez necesitamos saber menos acerca de cómo ejecutar técnicamente una operación, ¿qué parte de ese conocimiento dejará de aprenderse? Y, a la inversa, ¿cuánto tiempo podremos dedicar a otras tareas si ya no necesitamos repetir manualmente operaciones que conocemos perfectamente?

Fernández, que empezó trabajando con QuarkXPress, PageMaker y FreeHand y recuerda un Photoshop sin capas y con un único paso de deshacer, sitúa este cambio dentro de una evolución más larga de las herramientas profesionales. Lo nuevo ahora es que la interfaz comienza a desplazarse hacia el lenguaje.

Y es ahí donde Sekondo resulta más interesante que como simple acelerador de tareas. La cuestión ya no es únicamente si permite hacer en minutos algo que antes requería horas. Es qué sucede cuando parte del dominio operativo del software deja de consistir en ejecutar cada acción y empieza a consistir en saber formular, supervisar y corregir lo que queremos que otra inteligencia haga por nosotros. ¿Y qué hacer entonces con el tiempo recuperado?

Fernández tiene bastante clara su respuesta: «Dedicarlo a pensar y a diseñar mejor y, por supuesto, también a producir más. Yo la hice para recuperar tiempo para pensar, y para tenerlo también para mí y para mi familia. Después de treinta y cuatro años de oficio, sigo teniendo ganas de diseñar y quiero dedicarle más tiempo».

Quizá ahí esté también la verdadera prueba para esta nueva generación de herramientas. No solo comprobar cuánto tiempo consiguen ahorrar, sino descubrir qué hacemos realmente con él.

Sekondo sale a la venta hoy, 30 de septiembre, en sekondo.app

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