La bodega aragonesa Raíces Ibéricas ha abierto la tercera edición de su Concurso de Arte Urbano para intervenir una pared de gran formato en Maluenda. La convocatoria ofrece 1.100 euros más IVA al artista seleccionado, además de materiales, transporte y alojamiento. La cifra vuelve a señalar un problema habitual en este tipo de concursos: encargos profesionales de gran escala convertidos en convocatorias abiertas, con propuestas previas no remuneradas y presupuestos muy alejados del valor real del trabajo.
La bodega Raíces Ibéricas ha abierto la convocatoria de la tercera edición de su Concurso de Arte Urbano. El certamen busca a un artista vinculado al muralismo, el grafiti, la ilustración o el arte urbano para realizar una intervención en la fachada de su bodega de Maluenda, en Zaragoza.
El mural se realizará en los días previos a la Fiesta de la Vendimia, prevista para el 19 de septiembre, y será presentado oficialmente durante esa celebración. La pared propuesta tiene 9,60 metros de ancho y una altura de entre 9 y 10 metros, según el extremo de la fachada. Es decir, una intervención de gran formato, visible, permanente y directamente vinculada a la identidad visual de la bodega.
La convocatoria establece que la propuesta deberá estar relacionada con la vendimia, incluir una botella de los vinos de Raíces Ibéricas y hacer una referencia explícita a la Garnacha, variedad autóctona de la zona. Además, la nueva obra convivirá en fachada con el mural realizado por Artur López, De Tripas Aerosol, en una edición anterior. En la primera edición participó Vera Galindo.
Un encargo profesional presentado como oportunidad
El problema no está en que una bodega quiera incorporar arte urbano a su fachada. Al contrario: que una empresa privada entienda el muralismo como parte de su paisaje, de su comunicación y de su vínculo con el territorio puede ser una buena noticia. El problema aparece cuando ese encargo se formula como concurso abierto y se remunera con una cantidad que difícilmente se corresponde con las dimensiones, la complejidad y la responsabilidad profesional del trabajo solicitado.
Pintar una pared de casi 100 metros cuadrados no es una acción simbólica ni una intervención menor. Requiere diseño previo, planificación, preparación de superficie, adaptación a escala, jornadas de ejecución, experiencia técnica, gestión de materiales, seguridad y criterio visual. No se trata únicamente de “dejar huella” en una fachada, como plantea el tono promocional de la convocatoria, sino de resolver una pieza permanente que formará parte de la imagen pública de una marca.
La inclusión de materiales, transporte y alojamiento tampoco soluciona el problema de fondo. Esos conceptos son gastos necesarios para poder realizar el trabajo, no una mejora de las condiciones profesionales. Presentarlos como parte del atractivo de la convocatoria desplaza la cuestión principal: el artista no debería agradecer que se le cubran los costes mínimos para poder ejecutar un encargo, igual que ningún otro profesional debería entender como remuneración que le paguen el desplazamiento o el lugar donde dormir.
El trabajo creativo no es una dieta, ni una manutención, ni un alojamiento. Es trabajo. Y debería pagarse como tal.
Trabajo especulativo, aunque se presente como opcional
La convocatoria también plantea otra cuestión habitual en este tipo de procesos: la presentación de propuestas previas. Aunque las bases puedan formularlo como algo opcional, en la práctica resulta difícil imaginar que un artista pueda ser seleccionado sin mostrar una idea, un boceto o una línea visual suficientemente definida. Esa “opcionalidad” funciona, en realidad, como una puerta de entrada al trabajo especulativo.
En este caso, además, no hablamos de una pequeña colaboración puntual, sino de una intervención de gran escala para una empresa privada. La obra no es un ejercicio académico ni una práctica formativa. Será parte de la fachada de una bodega, acompañará su relato de marca y tendrá valor comunicativo durante años.
Si la empresa necesita una obra profesional para reforzar su identidad visual, ¿por qué no encarga el trabajo directamente a un artista, con un presupuesto adecuado y unas condiciones claras? ¿Por qué convertirlo en una competición en la que varios creadores trabajan antes de saber si cobrarán?
La cultura visual no se dignifica solo convocando artistas. Se dignifica pagando correctamente su trabajo, respetando sus procesos y entendiendo que una intervención mural de estas dimensiones no puede tratarse como una actividad simpática de vendimia. El arte urbano hace tiempo que dejó de ser un adorno improvisado en una pared. También es oficio, tiempo, experiencia y valor económico.
La convocatoria de Raíces Ibéricas vuelve a mostrar una contradicción demasiado frecuente: las marcas quieren el prestigio, la cercanía y la potencia visual del arte urbano, pero no siempre están dispuestas a asumir el coste real de incorporarlo a su comunicación. Y mientras eso siga ocurriendo, estos concursos no serán una celebración del talento, sino una forma barata de captarlo.