«Lavar la vajilla, guardar mis archivos», por Mario Balcazar

Empezó como una queja personal —una tarde entera perdida buscando una foto mal nombrada en el servidor de un cliente— y terminó siendo una reflexión sobre algo que casi no discutimos en el gremio: cómo ordenamos (o no) nuestros archivos, y qué dice eso de nuestra capacidad para trabajar en equipo.

A esa disciplina la llamamos «lavar la vajilla»: la parte no glamorosa del oficio que, si la ignoramos, hace que todo lo demás se vuelva más difícil.

¿Cómo está tu escritorio de trabajo? Te pregunto porque creo que en el universo de los diseñadores se traza una línea muy clara: ¿Se pueden contar los archivos en el escritorio de tu computadora? ¿Usas solo la carpeta de «Recientes» para abrir tus archivos? ¿En tu escritorio físico tienes acumulación de papeles que ya no necesitas? ¿Demasiadas plumas, tazas de café que ni siquiera sabes de cuándo son? No tienes que contestarme, pero si ya te estás empezando a enojar porque me estoy metiendo con tus cosas, dame un voto de confianza y sigue leyendo, porque no se trata de ti, sino del diseño como profesión.

Hace poco empecé a trabajar con un cliente enfocado en los impresos, lo cual me hizo muy feliz. Lo primero que solicité fue acceso al disco duro con todo el material histórico. Mi sorpresa —y no tanto— llegó cuando empecé a tomar archivos anteriores para hacer las nuevas entregas: un documento de más de 12 páginas forzado a ser maquetado en Illustrator, como si fuera el único programa sobre la tierra, como si PageMaker y Freehand no hubieran sido sacrificados para parir InDesign. Ya de estilos ni hablamos. Y bueno, también un anuncio, un inserto impreso, igualmente en Illustrator, con un desorden que muestra que quien creó estos documentos no tenía un sistema de trabajo pensado en la colaboración.

Te podría contar de la vez que tardé una jornada entera buscando, en un servidor, la foto de una crema de licor llamada 100 Años, hecha a base de Whisky, y que alguien había nombrado «wsqIO0». El cliente me aseguraba que estaba ahí, junto con las 1,500 fotos repartidas en más de una docena de carpetas que el diseñador anterior le había entregado. Y ya sé que hoy basta con hacer un empaquetado para que el sistema traiga de la diáspora a todos los archivos regados a lo largo del disco duro a un solo lugar, pero entonces nos encontramos con documentos de trabajo con varias capas, sin metadatos, sin etiquetas, o con archivos de InDesign sin estilos a los que debemos ajustar el tamaño de letra —algo que con el uso de estilos nos hubiera tomado el 10% del tiempo.

En algún momento, especialmente cuando los archivos se trasladaron de discos duros a la nube, sistemas como macOS tuvieron que imponer una nueva forma de orden en este universo. Para usuarios obsesionados con el orden y las buenas costumbres se produjo esta colisión entre dos planetas, dos formas de hacer las cosas, la mayoría de las veces opuestas. Hoy tenemos que aprender a seguir nuevas reglas, muchas veces mezclando ambos métodos y sistemas.

Por todo esto, muchos hemos decidido priorizar, después del trabajo de diseño, el orden y la cultura de mantenernos en un estilo, a lo que hemos llamado «lavar la vajilla»: no es otra cosa sino aceptar que, al cocinar un platillo, hay que asumir las tareas no tan glamorosas, como fregar los platos y todos los utensilios, ya que de otra forma el trabajo de chef se volvería cada vez más difícil de cumplir, menos higiénico y con la productividad reducida. Si necesitamos una cuchara, pero está sucia, se rompe un proceso perfectamente calculado para lograr el punto de cocción perfecto. Por ello hay que dedicar tiempo y método a nombrar archivos y guardarlos en la nube o en nuestras computadoras, evitando ponerles nombres de «final», «final_final» o «final_final_este es el bueno».

Puede ser que en este punto sigas enojado porque me estoy metiendo con algo que parece sagrado para un diseñador, que es «respetar su caos» y entender que cada quien tiene su forma de matar las pulgas, pero también nos quejamos de que trabajamos en un gremio al que acusan de personalista y con poco espíritu de equipo. Es cierto, porque no sabemos ni siquiera respetar el trabajo del otro sin darnos cuenta de que podemos empezar a tratarnos como gremio estandarizando procesos, no solo buscando que todos nos asumamos a un tabulador de costos, sino también procurando no hablar mal del diseñador que estuvo antes que nosotros.

Más allá de recibir un archivo de otro colega y darse cuenta de que lo trabajó como si existiera un premio a la perfección de un archivo, debemos trabajar pensando en que nuestros diseños siempre tendrán cambios. Es mucho más fácil aplicarlos cuando el original lo hemos hecho nosotros, o alguien que sabe usar el programa como fue concebido. Y es más rápido encontrar un archivo nombrado bajo una nomenclatura común y lógica, resguardado dentro de un sistema eficiente para regresar a él sin importar si fue ayer o el año pasado.

Una forma de respetar —y darnos a respetar como gremio— nace de encontrar sistemas comunes, de aprender a trabajar dentro de un entorno que a todos se nos haga familiar y que ponga por delante la productividad y el respeto al otro.

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