El 1 de mayo también debería ser el día de quienes diseñan, ilustran, maquetan, animan, fotografían, editan, programan y crean buena parte de la cultura visual que consumimos a diario. Porque el diseño no vive solo de vocación, talento o entusiasmo. Vive también de contratos, salarios, presupuestos, derechos, tiempos razonables y respeto profesional. Y quizá ha llegado el momento de decirlo con la claridad de una pancarta: diseñar también es trabajar.
Cada 1 de mayo se habla de empleo, jornadas, convenios, derechos laborales, precariedad, salarios y representación. Se habla de fábricas, oficinas, hostelería, comercio, sanidad, educación o transporte. Pero rara vez se piensa en el diseño. No al menos como trabajo. El diseño suele aparecer en otro registro: como cultura, como talento, como innovación, como creatividad, como valor añadido, como una herramienta estratégica que mejora empresas, instituciones y ciudades.
Todo eso es cierto. Pero antes de ser discurso, antes de ser identidad, antes de ser cartel, logotipo, interfaz, tipografía, campaña, exposición, web, libro, señalética o packaging, el diseño es trabajo.
Y hoy, 1 de mayo, me hago una pregunta bastante sencilla: si las personas que trabajamos en diseño tuviéramos que salir a la calle para reivindicar nuestros derechos, exigir soluciones y protestar contra las malas prácticas, ¿cuáles serían nuestras pancartas?
Seguramente no veremos ningún sindicato de diseño manifestándose por la calle. Tampoco veremos demasiadas asociaciones exigiendo mejoras laborales concretas. Ni fundaciones, ni institutos, ni organismos saldrán a protestar por las condiciones reales de quienes diseñan. No lo esperes, porque eso no va a suceder.
Y precisamente por eso conviene decirlo. Aunque sea desde aquí. Porque el 1 de mayo también tiene algo de sueño, de anhelo, de deseo de mejora. Es un día en el que, al menos por unas horas, se permite imaginar que las cosas pueden ser de otra manera.
Podríamos hacer una lista enorme. Como en cualquier profesión, en diseño hay muchas cosas que mejorar. Muchas. Pero si hoy hubiera que elegir una reivindicación central, un grito claro, una pancarta común, yo lo tengo bastante claro. Igual que algunas personas gritan “no a la guerra”, creo que en diseño nuestro grito de guerra debería ser: no a los concursos.
Porque debajo de esa frase está casi todo lo demás.
No a los concursos
Hacer concursar a las personas diseñadoras se ha normalizado hasta un punto difícil de justificar. Algunos lo llaman concurso. Otros lo llaman llamada a proyecto. A veces se disfraza con palabras más suaves: convocatoria, proceso de selección, invitación profesional, oportunidad creativa. Pero, al final, el mecanismo suele ser muy parecido: hacernos competir entre nosotras y nosotros, pedirnos trabajo, pensamiento, criterio, concepto, tiempo y energía, y decidir después quién merece cobrar.
Y muchas veces, además, esa competición está mal reglada. Con bases sin baremar. Sin criterios claros. Sin cuantificación. Sin transparencia suficiente. Con jurados poco definidos. Con procesos opacos. Con plazos imposibles. Con encargos enormes y pagos pequeños. Y, en ocasiones, con requisitos que resultan directamente humillantes, como pedir una carta de motivación.
¿Una carta de motivación?
Mi carta de motivación es bastante sencilla: soy profesional.
No necesito escribir una redacción de colegio explicando por qué me hace ilusión dedicarme a esto. No necesito demostrar entusiasmo para justificar que puedo hacer un trabajo. No necesito convencer a nadie de que tengo motivos suficientes para diseñar. Tengo oficio, tengo experiencia, tengo criterio, tengo portfolio, tengo responsabilidades y tengo facturas. Como cualquier otra persona trabajadora.
Porque en esa carta de motivación, aparentemente inocente, hay algo más profundo. Hay una forma de infantilizar el trabajo creativo. Como si tuviéramos que demostrar ganas. Como si tener ilusión fuera parte del pliego. Como si dedicarse al diseño fuera una vocación adolescente y no una profesión adulta.
Y después está lo que casi siempre pasa más desapercibido, pero quizá sea lo más grave: que nos impongan el precio de nuestro trabajo.
Los concursos y muchas llamadas a proyecto se basan en eso. Quien compra pone el precio. “Concurso de carteles: 3.000 euros”. “Llamada a proyecto: 1.000 euros”. “Identidad visual: tanto”. “Campaña: tanto”. “Diseño expositivo: tanto”. Y luego se pregunta quién se presenta.
Pero ¿cómo puede ser eso? ¿Cómo puede ser que otra persona decida de antemano cuánto vale nuestro trabajo sin saber exactamente cómo lo vamos a abordar, cuántas horas requiere, qué equipo hace falta, qué responsabilidad implica, cuántas reuniones habrá, cuántas versiones se pedirán, cuántas aplicaciones se desarrollarán o qué derechos se cederán?
Esta práctica es una forma de acabar con la autonomía profesional. Como empresa, como estudio, como freelance, como persona trabajadora. Porque alguien decide por nosotros cuánto vale lo que hacemos. Y lo más grave es que quienes deberían parar esto muchas veces lo aprueban, lo promueven o lo miran con una naturalidad pasmosa.
Si quieren que compitamos, compitamos también en precio. Si de verdad quieren un proceso profesional, que pidan propuestas económicas, metodologías, calendarios, equipos, alcances y condiciones. Pero no nos digan desde fuera cuánto vale nuestro trabajo y luego nos inviten a pelear entre nosotros para ver quién acepta el marco.
Porque bajo todo esto está lo mismo. Hacernos concursar es no respetar nuestra profesionalidad. Pedirnos una carta de motivación es infantilizar nuestro trabajo. Imponernos el precio de nuestra labor es pensar que no somos capaces de calcularlo, defenderlo o negociarlo. Y aceptar todo eso como normal es asumir que el diseño no es una profesión, sino una especie de entretenimiento cultural que puede ordenarse por bases administrativas.
No más estudios bonitos con sueldos feos
Pero no solo de freelance, estudios pequeños y agencias independientes está compuesto este sector. También son diseño quienes trabajan dentro de empresas, estudios, agencias, editoriales, instituciones, departamentos de marketing, productoras, consultoras o equipos digitales. Personas que no salen en los créditos. Personas que no firman proyectos. Personas que no aparecen en los festivales. Personas que sostienen el diseño cotidiano de cientos de marcas, medios, campañas, servicios y productos.
Muchas de ellas trabajan en espacios muy bonitos. Estudios impecables. Oficinas fotografiables. Sillas buenas. Plantas. Mesas compartidas. Paredes blancas. Café de especialidad. Tipografías bien elegidas. Webs con proyectos preciosos. Discursos sobre propósito, cultura, innovación, sostenibilidad y talento.
Pero detrás de algunos de esos estudios bonitos hay sueldos muy feos.
Y esto también hay que decirlo. Porque sería demasiado cómodo señalar solo a las instituciones públicas, a los concursos o a los clientes que no entienden el diseño. El problema también está dentro del propio sector. En las becas que sustituyen puestos de trabajo. En las jornadas que se alargan porque “esto tiene que salir”. En los salarios que se justifican con aprendizaje, visibilidad o buen ambiente. En las personas jóvenes que encadenan prácticas, colaboraciones y contratos frágiles mientras se les dice que están teniendo suerte por entrar en un estudio con nombre.
¿Cómo es posible que después de décadas de asociacionismo en el diseño no exista una defensa laboral fuerte y específica para quienes trabajan en este sector? ¿Cómo es posible que no haya una conversación seria, estable y pública sobre salarios, categorías profesionales, condiciones, horarios, prácticas, becas, falsos autónomos o derechos de autor? ¿Cómo es posible que tantas personas sientan que es más fácil ganarse la vida en otro oficio que seguir trabajando como diseñadoras?
Y no lo digo para despreciar otros trabajos. Al contrario. Lo digo porque durante demasiado tiempo se ha vendido el diseño como una profesión aspiracional mientras muchas de sus condiciones reales se deterioraban. Se ha repetido que el diseño es estratégico, que el diseño transforma, que el diseño mejora la vida de las personas, que el diseño genera valor, que el diseño es cultura. Pero a la hora de hablar de salarios, tarifas, contratos y derechos, de repente todo se vuelve incómodo.
La pregunta, entonces, vuelve una y otra vez: ¿quién protege a quienes diseñan?
Porque en el fondo de todo está eso. Nadie nos defiende lo suficiente.
Muchas veces he lanzado esa pregunta: ¿quién defiende a las personas trabajadoras del diseño? Y no me refiero a quién organiza eventos, entrega premios, publica libros inútiles, monta jornadas, convoca encuentros o se llena la boca hablando del ecosistema del diseño. Me refiero a quién defiende de verdad los intereses concretos de quienes viven de diseñar.
Precios justos. Contratación justa. Procesos de contratación justos. Reivindicación de derechos. Protección de la autoría. Denuncia de irregularidades. Persecución de prácticas abusivas. Señalamiento de concursos mal planteados. Defensa ante instituciones que usan el diseño como decoración discursiva mientras precarizan a quienes lo hacen posible.
Todo eso no parece estar en sus prioridades. O no lo suficiente.
Hay demasiada representación simbólica y poca defensa real. Demasiada foto de familia y poca incomodidad. Demasiado discurso sobre la importancia del diseño y demasiada prudencia cuando toca enfrentarse a quien convoca mal, paga poco o utiliza el prestigio cultural del diseño para conseguir trabajo barato.
Y quizá por eso el 1 de mayo también debería servirnos para mirar hacia dentro. Para preguntarnos por qué una profesión que habla tanto de comunidad tiene tan pocas herramientas colectivas de defensa. Por qué quienes representan al diseño no siempre representan a quienes diseñan. Por qué tantas personas trabajan aisladas, negociando solas, presupuestando solas, diciendo que sí por miedo, aceptando condiciones que saben injustas porque no hay una estructura fuerte que las respalde.
Porque al final no estamos hablando solo de concursos. Estamos hablando de respeto.
Respetar el diseño no es ponerlo en una exposición. No es mencionarlo en un discurso institucional. No es celebrar un festival. No es convocar una capitalidad. No es publicar un libro con fotos bonitas. No es decir que una ciudad es creativa. Respetar el diseño es contratarlo bien. Pagarlo bien. Escucharlo bien. Darle tiempo. Darle condiciones. Darle derechos. Tratar a quienes diseñan como profesionales y no como una cantera infinita de ideas baratas.
Así que este 1 de mayo, reivindiquemos algo bastante sencillo: que se nos respete y que se nos trate como a cualquier otra persona trabajadora.
Que el diseño no se concursa: se encarga, se paga y se respeta.
Que las llamadas a proyecto no pueden seguir siendo una forma elegante de precarizar.
Que no queremos estudios bonitos con sueldos feos.
Que nuestra carta de motivación es ser profesionales.
Y que alguien, de una vez, debería proteger a quienes diseñan.
