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En enero de 2025, el diseñador Alberto Molina se impuso una regla sencilla pero exigente: diseñar una tipografía nueva desde cero cada mes. El resultado, bajo el nombre de FontMonth, se concreta en doce meses de trabajo, doce tipografías, 2.176 glifos y 36 estilos distintos.
Lejos de plantearse como un ejercicio académico, el proyecto nace desde la curiosidad. “No soy tipógrafo de formación. Creé estas tipografías porque quería entender cómo nacen, cómo se construyen y qué implica el proceso”, explica Alberto Molina, que entiende la tipografía no solo como herramienta, sino también como un espacio de experimentación y expresión.
FontMonth se desarrolló como un laboratorio continuo en el que cada tipografía abordaba un enfoque distinto. Algunas exploraron cuestiones técnicas, como Sira, centrada en el desarrollo de una tipografía variable de anchura, o Agulla, que investiga el concepto de stencil variable.
Otras propuestas se movieron en un terreno más libre, vinculadas al gesto y al dibujo, como Frannie, Nowhere o Halone. También hay ejercicios que parten de la observación directa, como Unstop, inspirada en la señalética viaria española, o revisiones de clásicos desde una mirada contemporánea, como Evertimes, un revival del Times New Roman reinterpretado.
El proyecto incorpora además una dimensión personal. Fina, por ejemplo, recupera recetas manuscritas de la abuela paterna del diseñador, trasladando al entorno digital el ritmo y la imperfección de la escritura original mediante alternativas contextuales. Y en Rush, la última tipografía del año, el proceso vuelve a lo físico: una brush creada con un rodillo de 7 cm sobre cartulina negra A3.
Proceso, comunidad y aprendizaje
Más allá del resultado formal, uno de los ejes del proyecto ha sido la documentación del proceso. Cada mes, Molina compartió bocetos, iteraciones y decisiones en una newsletter, convirtiendo el desarrollo en un ejercicio abierto. “Bocetaba, desarrollaba, hacía preguntas, compartía con amigos y colegas. Una segunda opinión siempre ayudaba a afinar los detalles”, explica.
Esta dimensión colectiva refuerza la idea de la tipografía como práctica en constante ajuste, donde la técnica y la intuición dialogan de forma continua. “Diseñar tipografía no es solo construir letras. Es contar historias, explorar emociones, dejar que la expresión humana se cuele en cada trazo”, añade el diseñador.
Del experimento al libro
Lejos de cerrarse como un proyecto puntual, FontMonth continúa evolucionando. El trabajo se está transformando ahora en una publicación que reunirá todo el proceso, editada por el estudio Errea, con sede en Pamplona.
Molina, que actualmente trabaja en este mismo estudio, se formó como periodista en la Universidad de Navarra y se ha especializado en Dirección de Cultura y Marca por el Instituto Tramontana y en tipografía por Elisava.
FontMonth deja así algo más que una colección de tipografías: evidencia que la práctica tipográfica puede ser, al mismo tiempo, disciplina y juego, método y exploración, técnica y relato. Y que, incluso en un formato tan aparentemente acotado como una letra, cabe un universo entero de decisiones, referencias y emociones.
