La Fundación del Teatro Real ha publicado una licitación pública para la realización de la campaña de temporada y abonos 2026/2027 en la que exige a las agencias y estudios participantes la presentación de dos propuestas creativas completas, el desarrollo de una línea gráfica y el planteamiento narrativo de un spot audiovisual, todo ello antes de la adjudicación del contrato. El presupuesto base de la licitación es de 29.500 euros (sin IVA) y el criterio económico representa el 51 % de la puntuación total.

El alcance del encargo va mucho más allá de un ejercicio conceptual. Según los pliegos, la empresa adjudicataria deberá desarrollar la campaña gráfica y digital completa, producir un spot audiovisual de 25 segundos destinado a televisión e internet —con entrega en HD y 4K— y asumir todos los costes derivados de la producción: rodaje, postproducción, técnicos, derechos, castings, desplazamientos y colaboradores externos. Es decir, se trata de una campaña integral de comunicación para una de las principales instituciones culturales del país.

Antes de llegar a esa adjudicación, el proceso obliga a los licitadores a realizar un esfuerzo creativo considerable. El concurso exige dos propuestas creativas diferenciadas, la definición de la línea gráfica y la elaboración del storyboard del spot, materiales que serán evaluados como parte del proceso de selección. Se trata, en la práctica, de trabajo creativo sustantivo realizado sin remuneración, en un procedimiento abierto y competitivo, lo que sitúa la licitación en un terreno claramente especulativo desde el punto de vista profesional.
A este planteamiento se suma el peso determinante del precio en la adjudicación. Que más de la mitad de la puntuación dependa de la oferta económica condiciona de forma directa el resultado del concurso. No gana necesariamente la propuesta con mayor solidez conceptual, ambición visual o calidad de producción, sino aquella que mejor encaje en una ecuación económica muy ajustada. En un encargo de esta magnitud, esa lógica empuja inevitablemente a recortar tiempos, recursos y nivel de producción.

El presupuesto disponible plantea, además, dudas razonables sobre la viabilidad real del proyecto en condiciones profesionales. Con 29.500 euros para cubrir creatividad, diseño, producción gráfica y audiovisual, así como todos los costes asociados, el margen para trabajar con equipos, técnicos o colaboradores de un nivel acorde al prestigio del Teatro Real es prácticamente inexistente. El riesgo es evidente: o se asumen pérdidas, o se recurre a fórmulas de producción de bajo coste que difícilmente pueden garantizar un resultado a la altura de la institución.
El caso resulta especialmente llamativo en el ámbito cultural, donde el discurso público suele reivindicar la creatividad, la excelencia y el valor estratégico de la comunicación. Sin embargo, la estructura de esta licitación traslada un mensaje distinto: la creatividad es importante, pero siempre subordinada al precio. Una contradicción que no es nueva, pero que vuelve a ponerse sobre la mesa cuando una institución de referencia plantea un concurso de estas características.
Más allá de su encaje legal, el concurso reabre un debate recurrente en el sector del diseño y la comunicación: cómo se contrata la creatividad desde las instituciones públicas y qué modelo se está fomentando. Porque cuando el precio es el criterio principal y el trabajo previo se exige sin remuneración, el resultado rara vez es una apuesta por la excelencia. Con frecuencia, es justo lo contrario.













