El Festival Internacional de Cine de Madrid–PNR ha convocado un concurso de carteles para su 35ª edición. La propuesta seleccionada será la imagen oficial del festival en 2026 y se aplicará a todos sus soportes de comunicación. La dotación económica prevista para ese trabajo es de 200 euros, sujetos además a las retenciones fiscales correspondientes.

La convocatoria está abierta a ilustradores e ilustradoras residentes en España y plantea un encargo con exigencias propias de un trabajo profesional completo: una obra original e inédita, con solvencia técnica, adaptable a múltiples formatos, editable por capas y preparada para su uso continuado en cartelería, web, redes sociales, prensa y otros soportes promocionales. Es decir, una imagen que no solo debe funcionar como cartel, sino como sistema visual flexible durante toda la edición del festival.
La pregunta que surge de forma inmediata no es técnica ni legal, sino conceptual: ¿por qué un trabajo de estas características se plantea como concurso y no como encargo directo? Y, sobre todo, ¿por qué se considera razonable fijar su valor en 200 euros?

La cifra resulta difícil de sostener desde cualquier análisis mínimamente realista del proceso de trabajo que implica diseñar una imagen de este tipo. Conceptualización, investigación, desarrollo gráfico, pruebas, ajustes, preparación de archivos y adaptación a distintos formatos requieren tiempo, criterio y experiencia. A ello se suma un dato que suele omitirse: de esos 200 euros hay que descontar impuestos, lo que reduce todavía más la compensación real por el trabajo realizado.
El planteamiento del concurso deja en el aire otra cuestión clave: quién cree que con ese presupuesto se obtendrá un resultado medianamente aceptable. No excelente, no brillante, ni siquiera sobresaliente. Aceptable. Porque la cifra no se sostiene ni para un profesional con experiencia ni para un perfil en formación que quiera tomarse el trabajo en serio. Tampoco para alguien que compagine esta actividad con otra, si se espera un mínimo de dedicación y calidad.

Resulta especialmente llamativo que este planteamiento proceda de un festival con una trayectoria consolidada, vinculado al ámbito cultural y audiovisual, y plenamente consciente de cómo funciona el trabajo profesional creativo. No se trata de una convocatoria lanzada desde la ignorancia ni desde fuera del sector, sino desde dentro. Y eso es lo que convierte el caso en algo más que una simple cifra baja: lo convierte en un mensaje.
Un mensaje que normaliza la idea de que el diseño gráfico y la ilustración pueden resolverse mediante concursos abiertos, con presupuestos simbólicos, incluso cuando la pieza resultante es central para la identidad pública de un evento. Un mensaje que transmite que el cartel —la imagen— es importante… pero no lo suficiente como para pagarla en condiciones.
En la edición anterior, la número 34, el festival se presentó bajo el lema Miradas al futuro, acompañado de una imagen elocuente: una figura humana cayendo al vacío dentro de una espiral formada por una cinta de película cinematográfica. La metáfora era clara, incluso bella en su dramatismo. Lo que resulta inquietante es que, visto desde hoy, esa imagen parece describir con bastante precisión el lugar al que se empuja a la profesión cuando se plantean concursos como este. Porque si de verdad se quiere hablar de futuro, no puede hacerse sosteniendo modelos que rebajan el valor del trabajo creativo hasta hacerlo inviable. No hay futuro posible para el diseño, la ilustración ni la cultura visual si quienes deberían comprender mejor su importancia siguen considerando aceptable pagar 200 euros por una imagen que lo representa todo. En ese contexto, la caída no es simbólica: es estructural.














