Un diseñador de la etapa pre-IA lleva la cuenta: entre herramientas que aún necesitan mano firme y supervisión constante, clientes que esperan que las dominemos, y un ojo cada vez más entrenado para detectarlas, la conclusión es clara. Los diseñadores seguimos ganando 1-0, y aquí está el porqué.
Siento a la IA como si llevara siendo parte de nuestras vidas desde hace años. Es tanta publicación en redes, tantas conversaciones, tanto estudio y tanto ejercicio diario que me han saturado. Su crecimiento exponencial, si bien no ha impresionado a nadie, ha sido abrumador, especialmente para la tan afectada e invadida industria del diseño.
Como diseñador de la etapa pre-IA me he manejado con cautela, especialmente con la experiencia que dejó el ingreso de las computadoras a nuestras vidas en los noventa. No me da miedo usar Canva, Magnific —antes Freepik—, incluso InDesign, que desde sus inicios a principios del siglo empezó a tener acercamientos al manejo inteligente de párrafos o a la detección de ríos, viudas y huérfanas. También lo he usado en la medida de mis necesidades: la IA me ayuda a hacer presupuestos, redactar correos, encontrar posibles errores técnicos en mis diseños e incluso para que estas columnas no tengan errores ortográficos.
Tiempo después de que surgieron los bancos de imágenes, podía saber si una valla publicitaria en la calle usaba fotos de stock o propias; hoy también puedo detectar sitios web hechos con plantillas y código basura, y mi olfato diseñístico es experto en detectar cuando un diseño ha pasado por los motores de la IA. Basta ver casi cualquier red social para notar que no es algo tan exclusivo: «Ya dejen de usar IA para sus diseños», «La IA se nota enseguida», «¡Diseñadores, regresen a Adobe!», son publicaciones que se leen todo el tiempo.
Al día de hoy, julio de 2026, no podemos descartar que haya habido desplazamiento laboral, o que alguien haya perdido su trabajo a causa de la IA; en cambio, muchos clientes esperan que nosotros dominemos estas herramientas y les saquemos el provecho que ellos no pueden (obvio no todos, pero sí la gran mayoría, los clientes profesionales, pues). Incluso sabemos que, a partir de este momento, la incorporación de estos conocimientos deberá estar implícita en lo que hacemos.
Si pensáramos en la IA como una persona, cada quien la vería de forma distinta: para muchos es un asistente, para otros un auxiliar, incluso hay quienes la consideran su amiga. ¿Y si pensáramos en ella como diseñadora, qué sería? Esperábamos quizá a una directora creativa o a la generadora de ideas únicas y ganadoras, pero no: la IA hoy se encuentra en un grado inicial: Hay que revisar los resultados, hay que guiarla, hay que darle instrucciones muy precisas para llegar a los resultados esperados, y aun así se equivoca mucho: se equivoca al detectar errores, sus ideas son muy parecidas y sus imágenes se parecen entre sí.
Este ejemplo no es para minimizar el potencial que tiene, pero hoy nos ha demostrado que no puede trabajar sola, sin la mano de un diseñador, para que sus resultados sean tan buenos como los de un profesional con años de experiencia. ¿Llegará a ese punto? Seguramente sí, pero por el momento los diseñadores estamos ganando 1-0.
