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El Gobierno chino ha convertido en obligatorios aspectos que en Occidente siguen siendo decisiones editoriales: tamaños de letra, interlineados, blancura del papel o calidad de impresión. La norma GB 40070—2021 no solo busca prevenir la miopía infantil, sino que redefine el papel del diseño gráfico como una cuestión de salud.
Durante años, el diseño editorial ha operado en una zona ambigua entre la estética, la funcionalidad y la tradición. Elegir una tipografía, definir un interlineado o decidir el tipo de papel ha sido —en la mayoría de los casos— una combinación de criterio profesional, cultura visual y, en no pocas ocasiones, presupuesto. Sin embargo, en China ese margen de decisión acaba de reducirse de forma significativa.
La norma GB 40070—2021, impulsada por la Comisión Nacional de Salud, establece requisitos obligatorios para todos los materiales de aprendizaje dirigidos a niños y adolescentes. Y cuando se habla de requisitos, no se trata de recomendaciones o buenas prácticas. Se trata de parámetros técnicos de obligado cumplimiento que afectan directamente a cómo se diseña, imprime y distribuye cualquier contenido educativo.
Lo que a primera vista podría parecer una regulación sanitaria más es, en realidad, una intervención directa sobre el diseño gráfico. Porque esta norma no se limita a hablar de iluminación o ergonomía: entra de lleno en el terreno del diseñador editorial. Fija tamaños mínimos de tipografía según la edad, define interlineados concretos, condiciona la elección de tipografías y regula incluso aspectos como el contraste de impresión o el tipo de papel.
Uno de los puntos más reveladores es precisamente ese: la tipografía deja de ser una elección cultural o editorial para convertirse en una variable fisiológica. El tamaño del texto, por ejemplo, no se define en función del estilo o del formato, sino de la carga visual que genera sobre el ojo. Un cuerpo demasiado pequeño o un interlineado excesivamente ajustado incrementa el esfuerzo de acomodación, favoreciendo la fatiga visual.
En esa misma lógica, la norma establece una progresión tipográfica vinculada al desarrollo del lector. En los primeros años se priorizan tipografías de estilo caligráfico (楷体), que facilitan el reconocimiento de los caracteres y el aprendizaje de la escritura. A medida que el alumno avanza, se introduce progresivamente una tipografía más estructurada, de lectura continua (宋体), equivalente funcional a las serif occidentales utilizadas en textos largos. No es una decisión estética. Es una decisión pedagógica y fisiológica.
Tamaño tipográfico y estilo
Uno de los aspectos más reveladores de la norma es que aterriza el diseño tipográfico en parámetros concretos, medibles y obligatorios. Lo que en otros contextos suele depender del criterio del diseñador —el tamaño de la letra, el interlineado o incluso el estilo tipográfico— aquí queda definido con precisión en función de la edad del lector.
En términos de tamaño, la norma establece mínimos claros para el texto principal. En los primeros cursos de primaria (1º y 2º), el cuerpo tipográfico no puede ser inferior a “3号”, equivalente aproximadamente a 16 puntos. En 3º y 4º de primaria, el mínimo baja a “4号” (alrededor de 14 puntos), mientras que a partir de ahí —incluyendo secundaria— se fija en “小4号”, es decir, unos 12 puntos. Dicho de otro modo: incluso en los niveles más avanzados, no se permite reducir el tamaño del texto por debajo de lo que en diseño editorial occidental se consideraría un cuerpo relativamente cómodo.
La elección tipográfica tampoco es libre. La norma define una progresión clara vinculada al desarrollo cognitivo del estudiante. En los primeros años se utilizan tipografías de estilo caligráfico (楷体, Kaiti), que facilitan el reconocimiento de los caracteres y el aprendizaje de la escritura. A medida que el alumno avanza, se introduce progresivamente una tipografía más estructurada y optimizada para la lectura continua (宋体, Songti), equivalente funcional a las serif utilizadas en textos largos en el contexto occidental. No se trata de una decisión estética, sino pedagógica.
El interlineado sigue la misma lógica. Para los primeros cursos se exige un mínimo de 5 milímetros entre líneas, que se reduce a 4 milímetros en cursos intermedios y a 3 milímetros en niveles superiores. La intención es evitar bloques de texto demasiado densos que obliguen al ojo a realizar un esfuerzo adicional de enfoque, especialmente en edades tempranas.
Incluso los elementos secundarios —como notas, índices o anotaciones— están regulados. En primaria, estos textos no pueden bajar de un equivalente aproximado a 10,5 puntos, y en secundaria, de unos 9 puntos. Es decir, ni siquiera la “letra pequeña” puede ser realmente pequeña.
A todo ello se suman factores directamente relacionados con la percepción tipográfica, aunque no pertenezcan estrictamente al diseño de letras. La norma fija valores mínimos de densidad de tinta para garantizar el contraste, limita el error de registro de impresión a 0,30 mm para evitar contornos borrosos
El diseño como infraestructura de salud
La normativa no se detiene en la tipografía. Uno de los aspectos más precisos —y menos habituales en este tipo de regulaciones— es el control sobre el papel. Se establecen mínimos de gramaje para evitar la transparencia en impresión a doble cara, un problema que puede generar interferencias visuales durante la lectura. Pero, sobre todo, se fija un rango obligatorio de blancura.
El papel no puede ser ni demasiado blanco ni demasiado oscuro. La norma establece valores concretos bajo iluminación D65, entendiendo que un blanco excesivo genera un estímulo visual agresivo, mientras que uno insuficiente dificulta la lectura. Esta limitación cuestiona directamente una de las inercias más extendidas en la industria: la asociación entre blancura extrema y calidad.
A ello se suma la restricción del uso de blanqueantes ópticos, responsables de esa apariencia brillante que muchas veces se busca en el papel comercial. Estos compuestos emiten luz azul bajo determinadas condiciones, y esa emisión, según la normativa, puede tener efectos negativos sobre la salud ocular.
El diseño, en este contexto, deja de ser una capa superficial. Se convierte en una infraestructura que afecta directamente al cuerpo.
Diseñar el entorno, no solo el objeto
La ambición de la norma va más allá del objeto editorial. También regula el entorno en el que ese objeto se utiliza. La iluminación de las aulas, por ejemplo, debe mantenerse dentro de un rango de temperatura de color que evite tanto los tonos excesivamente cálidos como los fríos con alto contenido de luz azul. Se establecen requisitos sobre el índice de reproducción cromática, el parpadeo de las luminarias y los niveles máximos de exposición a la luz azul.
Las pantallas utilizadas en entornos educativos tampoco quedan fuera. Se fijan parámetros de brillo, contraste, uniformidad e incluso tamaño mínimo, con el objetivo de garantizar una experiencia visual estable y segura.
El resultado es una visión integral del diseño. No se trata solo de cómo se ve un libro, sino de cómo se ve el mundo en el que ese libro se lee.
La comparación con Europa surge de forma inevitable. Aquí, decisiones como el tamaño de la tipografía, el interlineado o el tipo de papel siguen siendo responsabilidad de diseñadores, editoriales o fabricantes. Existen recomendaciones, estándares y buenas prácticas, pero rara vez se traducen en obligaciones legales tan específicas.
Hasta ahora, todo esto había permanecido en segundo plano. Si aceptamos que el diseño tiene un impacto directo en la salud —como ya se ha discutido en el ámbito digital con el diseño de interfaces adictivas—, ¿hasta qué punto debería regularse?
La normativa china introduce una idea clara: el diseño no es neutro. No lo es en lo digital, pero tampoco lo es en lo impreso. Afecta a cómo leemos, cómo entendemos y, en este caso, cómo vemos.