¿Quién diseñó la bandera de Catalunya? La historia detrás de las cuatro barras

La respuesta más precisa es que no hubo un diseñador. La senyera no nació de un encargo ni fue creada de una sola vez, sino que procede de un sistema heráldico medieval que fue transformándose durante siglos. Su rastro documental conduce hasta Ramon Berenguer IV, conde de Barcelona, a mediados del siglo XII, aunque incluso esa primera aparición plantea algunas dudas entre los especialistas. Lo que hoy entendemos como bandera de Catalunya es, en realidad, el resultado de una larga evolución gráfica: de emblema personal y dinástico a símbolo territorial y, finalmente, bandera oficial.

El punto de partida que utiliza actualmente el Parlament de Catalunya está en 1150. Ese año aparece un sello de Ramon Berenguer IV, conde de Barcelona y princeps de Aragón, en cuyo escudo se ha identificado el motivo de los palos que acabaría dando lugar a las cuatro barras. El Parlament considera este documento la primera representación conocida del diseño, aunque señala que podría ser anterior.

Conviene introducir, sin embargo, un matiz importante. La interpretación de aquellos primeros sellos no está completamente cerrada. La calidad y el deterioro de las piezas dificultan saber con exactitud qué representan algunas de las líneas visibles en el escudo. Algunos estudios han advertido de que el número y significado de esas bandas admite discusión. La identificación del motivo heráldico se vuelve mucho más clara en testimonios posteriores del siglo XII. En un sello de Alfonso II de 1186, por ejemplo, las franjas aparecen también sobre una enseña y ya con disposición horizontal.

Es una precisión relevante porque la historia del diseño suele sentirse incómoda ante las zonas grises. Nos gusta encontrar una fecha, un autor y una versión definitiva. La Edad Media no funcionaba así. Los símbolos evolucionaban a través de usos sucesivos, copias, adaptaciones y transmisiones familiares. El sistema se consolidaba precisamente porque se repetía.

En términos heráldicos tampoco deberíamos hablar estrictamente de cuatro «barras». El blasón se describe tradicionalmente como cuatro palos de gules —rojos— sobre campo de oro. Cuando ese esquema vertical del escudo pasa a una bandera apaisada, las franjas se disponen horizontalmente. El lenguaje popular acabó fijando la expresión «quatre barres», mientras que la palabra senyera, que originalmente podía designar diferentes tipos de enseñas, terminó asociándose de manera casi automática a esta composición.

Lo interesante desde el diseño es su enorme economía de recursos. Dos colores. Un módulo repetido. Sin figuras, letras, coronas ni animales. Una estructura que puede trasladarse fácilmente de un escudo a un tejido, una miniatura, una piedra, un sello o una arquitectura. Es, salvando casi nueve siglos de distancia, una cualidad que hoy asociaríamos a un sistema de identidad eficaz: reconocimiento mediante muy pocos elementos y capacidad para sobrevivir a escalas y soportes distintos. Pero aquello todavía no era «la bandera de Catalunya».

El emblema tuvo inicialmente un carácter personal y dinástico. El heraldista Alberto Montaner Frutos, autor de El señal del Rey de Aragón: historia y significado, sitúa a Ramon Berenguer IV como el primer poseedor documentado de los palos de oro y gules y explica su posterior transmisión familiar. Sus descendientes los utilizaron como señal de la casa reinante, vinculada a los reyes de Aragón y condes de Barcelona. Es decir, en su origen el símbolo identificaba antes a una dinastía que a un territorio o a una población en el sentido contemporáneo.

Y aquí aparece uno de los grandes relatos de la cultura visual catalana: Guifré el Pilós. Según la conocida leyenda, Guifré habría resultado herido en combate y un monarca franco habría introducido cuatro dedos en su sangre para trazarlos sobre un escudo dorado, creando de un solo gesto las cuatro barras. La escena tiene todo lo que necesita un buen mito gráfico: sangre, heroicidad, un soporte vacío y un acto de creación que puede explicarse en una imagen.

El problema es que no sucedió. Guifré murió en el año 897 y la heráldica europea tal como la conocemos no comenzó a consolidarse hasta bastante después. Además, no existe constancia medieval contemporánea de aquella escena. La versión que relaciona las barras con Guifré aparece escrita muchos siglos más tarde, en la obra del historiador Pere Antoni Beuter, publicada hacia 1550. La distancia temporal es enorme: más de seis siglos separan al personaje de la narración que explicaba supuestamente el nacimiento del símbolo.

La historia, sin embargo, funcionó. Y quizá precisamente porque ofrecía aquello que la verdadera génesis de la senyera no podía proporcionar: un autor, un momento y un gesto. Donde la realidad presentaba una evolución lenta y difícil de explicar, la leyenda proponía cuatro dedos recorriendo un escudo. Desde el punto de vista de la construcción simbólica resulta difícil imaginar una imagen más eficaz.

De señal de una dinastía a bandera de Catalunya

El segundo proceso es todavía más importante para entender la bandera actual. Aquellas armas familiares fueron ampliando progresivamente su significado. Durante la Edad Media, el señal de los cuatro palos se extendió más allá de la familia real y empezó a ser utilizado por ciudades y villas directamente vinculadas al monarca. De ese uso derivó paulatinamente su identificación con el territorio.

Es un fenómeno habitual en la historia de los símbolos. La marca del soberano acaba representando también aquello sobre lo que gobierna. El emblema deja poco a poco de decir únicamente «esta es la casa del rey» para significar también «este es el territorio del rey». Con el tiempo puede sobrevivir incluso a la propia dinastía que le dio origen.

En Catalunya esa transformación ya es perceptible durante la Baja Edad Media. Existe, por ejemplo, una referencia de 1323 en la que Jaume II entrega a su hijo Alfonso «la bandera nostra antiga del Principat de Catalunya», un testimonio significativo de hasta qué punto un señal inicialmente familiar había adquirido ya una lectura territorial.

El proceso continuó durante siglos, pero su conversión en un símbolo moderno de identidad colectiva se produjo especialmente durante el siglo XIX. Con la Renaixença y posteriormente con el catalanismo político, las cuatro barras fueron recuperadas y reinterpretadas como uno de los grandes signos de Catalunya. El mismo periodo que convirtió a Guifré el Pilós en personaje central del relato nacional ayudó también a popularizar la leyenda de su supuesto origen.

En 1914, la Mancomunitat de Catalunya adoptó la senyera como emblema. Tras los sucesivos periodos de prohibición y recuperación política del siglo XX, el restablecimiento de la Generalitat en 1977 devolvió el símbolo al ámbito institucional. Actualmente su definición no depende ya de tradiciones heráldicas ni de interpretaciones históricas: el artículo 8 del Estatuto de Autonomía de 2006 establece expresamente que «la bandera de Cataluña es la tradicional de cuatro barras rojas en fondo amarillo».

Y ahí está quizá lo más interesante de la pregunta inicial. Si preguntamos quién diseñó la bandera de Catalunya esperando encontrar una persona detrás de una mesa dibujando cuatro franjas, no la encontraremos. La explicación histórica es bastante menos limpia y, precisamente por eso, más interesante.

Ramon Berenguer IV es el personaje al que conducen las primeras evidencias del emblema a mediados del siglo XII, pero eso no permite considerarlo su «diseñador». Tampoco Guifré el Pilós, pese a que durante siglos la leyenda le haya proporcionado esa especie de autoría visual. La senyera fue construida mediante acumulación: primero señal personal y familiar, después emblema dinástico, más tarde representación territorial y finalmente bandera.

Su autor, si hubiera que buscar uno, sería el tiempo. Y probablemente ahí reside una de las razones de su resistencia visual. Las identidades contemporáneas acostumbran a nacer terminadas; esta, en cambio, tardó siglos en decidir qué significaba. La forma apenas necesitó cambiar. Lo que cambió una y otra vez fue aquello que las cuatro franjas representaban.

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