Los Sanfermines 2026 terminaron, pero dejaron una marca diseñada para quedarse

Con el ‘Pobre de Mí’ del 14 de julio concluyeron nueve días de fiesta, pero entre programas, carteles, mupis, casetas, vehículos y pantallas quedó desplegada una identidad capaz de conectarlo todo. Diseñada por Errea a partir de la marca Pamplona/Iruña, la nueva imagen convirtió el signo igual en un pañuelo rojo y articuló más de 300 aplicaciones bajo un mismo sistema visual.

Pamplona ha vuelto poco a poco a su tamaño habitual. Después de nueve días, 516 actos programados y una participación cercana al millón y medio de personas, el blanco y el rojo comienzan a retirarse de las calles. Quedan las fotografías, los balances y esa sensación extraña que se instala en la ciudad después del ‘Pobre de Mí’. También queda una identidad visual que, sin competir con la fiesta, consiguió ordenar buena parte de lo que sucedía alrededor de ella.

La marca de San Fermín 2026 apareció en la promoción de los conciertos, las candidaturas al Chupinazo, los espacios infantiles y juveniles, las campañas de limpieza y respeto, el vaso reutilizable, los soportes turísticos y las comunicaciones difundidas durante las fiestas. No era el cartel anunciador —ese papel correspondió este año a La cuadrilla, la propuesta de Marta Garatea Almagro—, sino una estructura gráfica más amplia, concebida para que mensajes, formatos y áreas municipales muy diferentes pudieran reconocerse como partes de una misma celebración.

El Ayuntamiento de Pamplona había convocado a comienzos de año un concurso restringido entre cinco empresas, dentro de su acuerdo marco de comunicación. El encargo pedía crear una marca San Fermín con vocación de continuidad y aplicarla por primera vez en las fiestas de 2026. La propuesta adjudicataria fue la del estudio Errea, dirigido por Javier Errea, que decidió no empezar desde cero.

«Tuvimos claro desde el primer momento que la marca San Fermín debía colgar del sistema desarrollado para la marca ciudad», explica Errea a Gràffica. La decisión respondía a una cuestión de coherencia, pero también a una manera concreta de entender una identidad institucional. En lugar de añadir otro símbolo independiente al repertorio municipal, el estudio prefirió poner a prueba la arquitectura gráfica creada dos años antes y comprobar hasta dónde podía llegar.

Un pañuelo nacido de un signo igual

La raíz del proyecto se encuentra en la marca Pamplona/Iruña, desarrollada también por Errea durante 2024 y presentada públicamente en noviembre de aquel año. Su elemento central es el signo igual, utilizado como expresión de la pluralidad de la ciudad y como espacio de encuentro entre sus dos lenguas. Castellano y euskera no aparecen como versiones separadas ni como una traducción enfrentada, sino que intercambian posiciones dentro del sistema y construyen juntos expresiones como «Pamplona/Iruña = bagara/de verdad».

Más allá del símbolo, aquella identidad incorporó una tipografía corporativa dibujada expresamente por Octavio Pardo. La familia Pamplona, una sans serif de raíz humanista y geométrica, cuenta con cuatro pesos y sus correspondientes cursivas. La paleta cromática partió del verde de la bandera de la ciudad y se amplió a partir de la obra del pintor pamplonés Pedro Salaberri, cuyas escenas y paisajes proporcionaron un repertorio de colores reconocible sin quedar encerrado en una única tonalidad institucional.

El sistema ya había comenzado a extenderse a otros ámbitos. Para la identidad turística, el signo igual se transformó en unos ojos y una sonrisa, acompañados por el lema «muy viva / bizi bizirik». En enero de 2026 llegó la marca vinculada a la candidatura de Pamplona como capital mundial de la pelota vasca, donde las dos líneas construían conceptualmente un frontón.

San Fermín planteaba una prueba bastante más exigente. Pocas celebraciones poseen un imaginario tan asentado y, al mismo tiempo, tan explotado. Toros, corredores, pañuelos, gigantes, fachadas, vino y multitudes forman un repertorio visual inmediato, aunque también difícil de abordar sin repetir fórmulas conocidas. Errea optó por una operación mínima. Las dos líneas del signo igual se pliegan hasta convertirse en el nudo y las puntas de un pañuelo sanferminero.

El verde de Pamplona deja paso al rojo, mientras la tipografía de Octavio Pardo mantiene el parentesco con la identidad principal. El lema también adopta la lógica bilingüe del sistema y se convierte en «benetako jaiak / fiestas de verdad». En las versiones animadas, el pañuelo se transforma por momentos en un corazón palpitante y vuelve después a su forma inicial. La geometría triangular sirve además como recurso para construir composiciones, imágenes y pequeños códigos vinculados a la música, los encierros, las peñas, las barracas o las actividades infantiles.

La solución es deliberadamente sencilla. No intenta resumir toda la complejidad de los Sanfermines en un emblema ni sustituir sus símbolos populares. Su función es otra. El pañuelo actúa como una pieza reconocible que puede aparecer, desaparecer, ampliarse o convertirse en contenedor sin perder la relación con la marca ciudad.

Más de 300 aplicaciones para una fiesta difícil de ordenar

Una identidad de estas características no se mide únicamente por su logotipo. Su verdadero examen comienza cuando Cultura solicita un programa, Juventud necesita adaptar una historia para redes, Protección Ciudadana encarga un decálogo e Igualdad debe colocar un mensaje en una lona de grandes dimensiones. Durante los meses previos a las fiestas, el sistema tuvo que responder a peticiones procedentes de áreas municipales con necesidades, públicos y calendarios muy distintos.

Según los datos facilitados por el estudio, Errea desarrolló más de 300 creatividades y adaptaciones entre carteles, mupis, edículos, dosieres, programas, desplegables, casetas, anuncios, vehículos, pulseras, reels y stories. El trabajo comenzó en mayo, con la presentación de las candidaturas al cartel anunciador, y se aceleró conforme se acercaba el 6 de julio. Tres integrantes del equipo trabajaron a tiempo completo en el proyecto, con refuerzos puntuales para afrontar los momentos de mayor carga.

La magnitud del despliegue digital ayuda a comprender la presión. Durante las fiestas, los perfiles municipales publicaron 493 stories y 232 posts y reels, alcanzaron 5,9 millones de cuentas y acumularon 27,3 millones de reproducciones. No todas esas publicaciones fueron diseñadas por Errea, pero las cifras muestran el volumen de mensajes que una identidad de este tipo debe ser capaz de absorber sin convertirse en un corsé.

Ahí reside probablemente el aspecto más interesante del proyecto. La marca no aspira a conquistar cada soporte con una composición espectacular, sino a mantener una continuidad perceptible mientras cambia todo lo demás. Puede convivir con las ilustraciones de Maite Mutuberria en el programa oficial, con el cartel de Marta Garatea, con fotografías documentales, con avisos de seguridad o con la comunicación de un concierto. Cada pieza conserva su carácter, aunque el conjunto comparte una misma gramática.

Para Errea, la propuesta «se aleja de muchos clichés sanfermineros y conecta con unas fiestas a las que se quiere dar otro aire». La prudencia de la frase resulta pertinente. Cambiar gráficamente una celebración tan arraigada es complicado, y una identidad institucional difícilmente puede modificar por sí sola la manera en que una ciudad vive sus fiestas. Sí puede, en cambio, ordenar su comunicación, reducir el ruido visual y evitar que cada departamento municipal construya un San Fermín diferente.

Los pañuelos ya han vuelto a los cajones y buena parte de las aplicaciones desaparecerá de las calles durante los próximos días. La identidad, sin embargo, fue encargada para durar. Tras su primera prueba real, la cuestión ya no es cómo se veía en una presentación, sino si podrá seguir creciendo en futuras ediciones sin agotarse ni perder la sencillez que la sostiene. Ese será el verdadero recorrido de una marca que nació para conectar la fiesta con la ciudad y que ahora, terminado San Fermín 2026, comienza su vida más allá de esos nueve días.

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