València, más allá de las flores, de la luz y del amor

Acaba diciembre y en València hace sol. Puede parecer una anécdota casual, pero es toda una declaración de intenciones. Hay gente paseando por el río verde que no lleva agua, saboreando una terraza o montando su improvisada oficina al aire libre, wifi mediante. Es una ciudad que invita a privilegios como parar, pensar, detenerse cuando la cabeza se llena de nubes grises, salir y mirar, buscar, charrar –maravilloso verbo este último donde los haya–. Su tamaño, su conectividad, las nuevas tecnologías y algo tendrá que ver también su clima, favorecen que así sea.

Texto · Rafa Rodríguez Gimeno
Ilustración · Diego Mir

València se asienta como lugar neurálgico creativamente hablando. Es posible desarrollar una carrera profesional lejos del ruido y la grandilocuencia sonora y social de otras capitales como Barcelona o Madrid. Ya no son el centro de antaño porque ahora cada cual despliega su propio centro allá donde quiera. Eso sí, las claves siguen siendo las mismas: mucho trabajo y algo de talento.

Internet ha puesto las cosas más fáciles. No solo por ampliar mercados fuera del lugar de residencia, sino por la libertad que otorga. Ya no es utópico que en la balanza pese más la calidad de vida. Tampoco, trabajar allá donde se desee. «Vivir en València tiene muchas cosas buenas», explica la ilustradora Mar Hernández, Malota, «la vida es más barata que en otras ciudades y puedo ahorrar para viajar, que es algo que siento que me enriquece a muchos niveles. Tiene buen clima, es una ciudad perfecta para la bicicleta y para caminar. Personalmente disfruto mucho la gran cantidad de espacios verdes y entornos naturales que hay, el río, … la playa también es fantástica, lAlbufera, De València también me gusta la gente, hay mucha gente aquí a la que quiero y eso también es muy importante».

La agenda de València, excesiva a veces, es el mejor síntoma de que algo ha cambiado.

Se abren nuevos espacios expositivos como Bombas Gens, se recuperan certámenes como la Mostra, se consolida una programación teatral semanal potente, surgen citas como el Festival y la Feria del Libro Ilustrado Baba Kamo o se anuncia la llegada de nuevos centros como el CaixaForum. Que sí, que también hay oleadas de turistas, franquicias, postureo y demás plagas actuales, pero eso no ha impedido la consolidación de un poso cultural que ha pasado a formar parte del paisaje urbano. Y esa dinámica favorable, sumada a un entorno propicio, facilita el desarrollo de profesiones creativas.

«Toda nuestra generación pensábamos en acabar los estudios e irnos fuera, pero apostamos por quedarnos y funcionó», confiesa Paula Collado, cofundadora de la productora audiovisual Corinne Films. «A nivel de recursos, València tiene mar, montaña, huerta, campo, ciudad… Esta oferta de localizaciones tan variada y accesible ahorra mucho en los presupuestos».

«A nivel de calidad de vida, aquí es todo mucho más barato, lo que te permite ahorrar, algo impensable en las grandes capitales, y hacer grandes viajes, en mi caso con la cámara, para desarrollar proyectos personales, como el último, Project Asia».

València, por todo lo comentado, tiene algo de refugio en estos tiempos de ultravelocidad. Un lugar más amigable, con las infraestructuras mínimas necesarias, lejos de presiones y cenáculos y que contagia esa sensación de haber hecho las paces consigo misma. Es una gran ciudad sin los inconvenientes de las ciudades grandes.

La Plata acabarán el año con casi cien conciertos dados fuera de València, aunque Miguel J. Carmona, su batería reconoce que no es lo común. «Lo raro es que le hagan caso a una banda de fuera de Madrid o Barcelona. Hay que trabajar más duro y sacrificarse más desde aquí». Sin embargo, prefieren hacerlo y no renunciar a todo lo que les ofrece su ciudad.

«Nos encanta y vemos muchas más facilidades y comodidades a la hora de vivir en general, el ir a ensayar, tu propio local, quedar y vivir todas las posibilidades que te da València».

València progresa adecuadamente, pero aún tiene camino por recorrer. Debería seguir aprovechando sus rasgos diferenciales, potenciar su amabilidad urbana y no perder su esencia. La diseñadora Sara de la Mora, que trabajó para Facebook y residió en Londres (ahora forma parte del estudio Lavernia & Cienfuegos) señala algunas pautas imprescindibles para que esta ciudad, que es «una pequeña joyita que está aún un tanto escondida, evolucione en la dirección correcta». Tomen nota: «faltaría una industria más abierta, menos local, más predispuesta a explorar más allá de las fronteras de siempre; corregir la falta de planificación; mejorar muchos de los proyectos comunicativos que existen en la ciudad; aumentar las conexiones directas, o la frecuencia de las mismas, con muchas ciudades importantes; hablar inglés; evitar la jornada partida tan spanish style; ¡y ni hablar de cerrar todo agosto en vacaciones!».

El catedrático Joan Subirats escribió hace poco en el diario El País que «una ciudad abierta es una ciudad que permite que pasen cosas simultáneamente, más bazar que catedral». En ese punto se encuentra València, reivindicándose como ciudad para vivir y para crear, sin olvidar que como indicó el propio Subirats en otra ocasión, «hablar de ciudad ha sido siempre sinónimo de hablar de capacidades y de carencias». Al menos si hablamos de ciudades que están vivas. Y València lo está. La última muestra, su candidatura para convertirse en Capital Mundial del Diseño en 2022.