De inquilino a propietario: cómo WordPress y el código abierto cambiaron la forma de habitar la red

El documental Code for the People, dirigido por Bao Nguyen y producido por Automattic, advierte de una internet cada vez más concentrada en plataformas que deciden qué se publica, cómo circula y durante cuánto tiempo permanece accesible. Para diseñadores y otros profesionales creativos, esa dependencia abre una distancia fundamental entre conservar la autoría legal de una obra y mantener el control efectivo sobre su presencia digital.

En menos de veinte minutos, Code for the People recorre el camino que va desde la primera web de blogs personales, pequeñas comunidades y código compartido hasta un ecosistema dominado por plataformas cerradas y algoritmos de recomendación. El director Bao Nguyen alterna la historia de WordPress con testimonios de quienes descubrieron en internet un espacio para aprender, publicar y relacionarse.

La película funciona como un manifiesto: denuncia la concentración de internet en manos de lo que denomina «terratenientes digitales» y presenta el código abierto como una forma de recuperar autonomía. «Desde la perspectiva del usuario, si eres creador de contenido en una plataforma cerrada, ese contenido no es tuyo», afirma Mary Hubbard, directora ejecutiva de WordPress. También lanza una idea fundamental: las redes sirven para distribuir contenido y encontrar una comunidad, pero dentro de ellas «eres un inquilino».

WordPress nació en 2003 de la mano de Matt Mullenweg y Mike Little. Su objetivo inicial era muy concreto: crear una herramienta sencilla, elegante y accesible para publicar en la web sin necesidad de conocimientos avanzados de programación, en un momento en el que mantener un blog personal era todavía un proceso técnico y fragmentado.

Desde sus inicios, WordPress se ha desarrollado como un proyecto de código abierto sostenido por una comunidad global de contribuyentes. Aunque Automattic —la empresa fundada por Mullenweg— juega un papel importante en su ecosistema, el núcleo del sistema se construye de forma distribuida, con miles de desarrolladores, diseñadores y usuarios que aportan mejoras, traducen el software, crean plugins y diseñan temas. Esta estructura descentralizada permite que cualquier persona pueda participar, modificar el código o ampliar sus funcionalidades sin depender de una única entidad central.

Con el tiempo, WordPress ha pasado de ser una plataforma de blogging a convertirse en un sistema de gestión de contenidos capaz de sostener desde páginas personales hasta grandes medios de comunicación (un buen ejemplo es Gràffica que corre en WordPress desde sus inicios), tiendas online o portfolios profesionales. Su crecimiento ha estado ligado a la idea de democratizar la publicación en internet, facilitando que cualquier usuario pueda crear y mantener una web propia con relativa facilidad, adaptándola a todo tipo de necesidades y formatos sin perder el control sobre su contenido.

Paolo Belcastro, director artístico de la Domains Maison en Automattic, en Code for the People.

«Porque mucha gente piensa que “libre” significa que no hay que pagar. Y libre se refiere a la libertad de usar, leer, modificar y compartir el código»

La obra es tuya; el escaparate, no

Aunque la afirmación de Hubbard exagera en términos jurídicos, acierta en el diagnóstico. La Ley de Propiedad Intelectual española establece que los derechos corresponden al autor por el solo hecho de crear la obra. El Convenio de Berna recoge además que la protección no depende de registrar el trabajo. Incluso Instagram reconoce que no adquiere la propiedad de los contenidos. Subir una imagen no equivale normalmente a renunciar a su autoría.

Lo que se acepta es otra forma de dependencia. Para mostrar la obra, el creador concede una licencia y se somete a las reglas de un entorno privado. La plataforma controla el acceso, los formatos, la visibilidad y la permanencia de los contenidos; puede retirar publicaciones o desactivar perfiles. El creador tampoco puede exigir un determinado alcance ni trasladar automáticamente sus seguidores a otro servicio.

Ese es el sentido preciso de la imagen del inquilino. La obra no cambia de dueño, pero su existencia pública queda instalada en una infraestructura ajena. El diseñador conserva los derechos que no haya cedido, pero no posee la dirección, las llaves ni el escaparate.

Qué cedes cuando publicas en una plataforma

Pulsar «publicar» también supone aceptar un contrato. La plataforma necesita autorización para almacenar una obra, reproducirla, adaptarla a distintos formatos y mostrarla a otros usuarios. Por eso no suele reclamar su propiedad, sino una licencia habitualmente no exclusiva, mundial y gratuita. El creador puede seguir utilizando y licenciando su trabajo, pero permite que la empresa realice determinados usos sin pagar por cada uno de ellos.

La Ley de Propiedad Intelectual distingue entre los derechos morales —como el reconocimiento de la autoría y el respeto a la integridad de la obra, irrenunciables e inalienables— y los derechos de explotación: reproducción, distribución, comunicación pública y transformación. Estos últimos pueden autorizarse o cederse, pero solo con el alcance, la duración y el territorio establecidos. Una licencia no borra el copyright; delimita qué puede hacer otra parte con la obra.

También obliga al usuario a garantizar que dispone de los derechos necesarios. Esto resulta especialmente relevante cuando un portfolio incorpora fotografías, tipografías, ilustraciones o música de terceros: tener permiso para mostrar un proyecto no siempre implica poder autorizar todos los usos contemplados por la plataforma. Las condiciones del servicio no son una transferencia de autoría, pero tampoco un trámite inocuo.

Qué significa realmente tener una web propia

La alternativa que propone Code for the People es disponer de un dominio y una web propios. No equivale a poseer una parcela de internet, pero modifica quién toma las decisiones. Un dominio registrado a nombre del creador permite conservar la dirección aunque cambie de alojamiento; una instalación exportable facilita trasladar contenidos, guardar copias y decidir cómo se presentan y acreditan. WordPress incluye herramientas para exportar entradas, páginas, comentarios y otros datos.

La autonomía nunca es absoluta. Toda web depende de un registrador, un servidor, un gestor de contenidos y otros servicios que pueden cerrar o modificar sus condiciones. Publicar en un dominio propio tampoco impide la copia ni constituye por sí solo una prueba definitiva de autoría.

La ventaja es más concreta: permite sustituir proveedores sin perder necesariamente la dirección pública, el archivo o la identidad construida. No elimina la dependencia tecnológica, pero la reparte y la hace más reversible.

El documental no debería interpretarse como una invitación a abandonar las redes. Instagram, Behance o Pinterest ofrecen alcance, descubrimiento y conversación. El problema aparece cuando se convierten simultáneamente en portfolio, archivo y única vía de contacto con la audiencia.

Una arquitectura profesional más resistente comienza por registrar el dominio a nombre del creador y mantener allí una fuente estable de cada proyecto. Exige conservar originales, versiones y fechas; realizar copias independientes; utilizar sistemas exportables; identificar autorías y créditos, y guardar contratos, licencias y cesiones. También conviene revisar qué materiales de terceros pueden mostrarse y bajo qué condiciones.

Nada de esto impide una copia ni garantiza el éxito de una reclamación. Sí permite acreditar mejor el origen de una obra, reconstruir su proceso y trasladar el archivo si desaparece un proveedor. La web propia no sustituye a las plataformas ni convierte al creador en dueño absoluto de su territorio. Le concede algo menos grandilocuente, pero más útil: reduce su dependencia y conserva su capacidad de decidir, trasladarse y no empezar de cero.

Ser propietario en la red no consiste en no depender de nadie, sino en conservar la posibilidad real de marcharse sin empezar de cero.

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