Detrás de Ponferrada.IA no hay solo una sucesión de vídeos virales hechos con inteligencia artificial. Hay también una voz propia, una estética reconocible y una manera muy particular de llevar a políticos y personajes públicos a escenarios absurdos, turbios y deliberadamente incómodos. Hablamos con David López Álvarez, diseñador gráfico y creador del proyecto, sobre el origen de la cuenta, las herramientas que utiliza, los límites éticos de la suplantación y el nuevo horizonte audiovisual que abre la IA para pequeños creadores y estudios.
¿Cómo nace Ponferrada.IA y en qué momento deja de ser una simple prueba para convertirse en un proyecto con identidad propia?
Todo empezó en Londres en 2023, cuando trabajaba como diseñador gráfico en una discográfica. Allí conocí a alguien que trabajaba en Google DeepMind y me enseñó uno de los primeros generadores de imagen. Me dijo algo que se me quedó grabado: «No te dejes engañar por lo que hacen hoy; en seis meses serán mucho mejores». Y así fue.
Empecé a probar introduciendo “Ponferrada” en los prompts. Aunque las referencias espaciales estaban torcidas, la IA clavaba cierta iluminación y una atmósfera que a la gente de allí le resultaba familiar. Me interesó enseguida la posibilidad de contar historias absurdas o fantásticas que hicieran cosquillas al cerebro de la gente del Bierzo.
El verdadero punto de inflexión llegó ya de vuelta en Ponferrada, con el apagón. Aquella noche me desperté cuando volvió la luz y me puse a trastear. A las ocho de la mañana ya tenía un vídeo de Pedro Sánchez sujetando una vela, en camisón y con las croquetas descongelándose en la nevera. En un par de horas tenía 50.000 likes. Ahí entendí que la velocidad de reacción que me permitía la IA era impensable para una productora tradicional y que el proyecto había salido de Ponferrada para llegar a todas partes.
En tus vídeos hay humor, pero también una atmósfera bastante turbia, casi punk. ¿Qué te interesa de esa mezcla entre crítica, sátira y cultura visual underground?
Mi punto de partida es el hartazgo. Como milenial que tuvo que emigrar por falta de oportunidades, tengo una visión bastante punk de la realidad. Detesto el ruido de los partidos y los fanatismos, y precisamente por eso me interesa romper al espectador con mis vídeos, crear situaciones absurdas donde el protagonista no encaja en absoluto.
Lo último que quiero es apoyar una tendencia política concreta. De hecho, sigo teniendo seguidores que me llaman “zurdo” y otros que creen que soy un “fachapobre”, y eso me confirma que la cuenta no va de política en el sentido clásico. Los políticos son el medio, el terreno reconocible sobre el que puedo volcar mi humor y también mi obsesión por la calidad técnica.
Esa atmósfera de retranca viene mucho de mi vínculo con las raves, el streetwear y cierta cultura visual underground. Me gusta hacer reír, sí, pero también me mueve el reto de mejorar técnicamente en cada pieza.
¿Cómo es tu proceso de trabajo? Porque desde fuera mucha gente piensa que esto consiste en pulsar un botón y poco más.
Para mí ha sido siempre algo muy orgánico. Desde pequeño tengo esa cosa de imaginar escenarios absurdos todo el rato. La diferencia es que ahora puedo enseñarte en vídeo y con sonido exactamente lo que imagino. Básicamente, le han dado gasolina y un mechero al pirómano.
No escribo nada. No parto del papel. Empiezo con una intuición o una situación y me pongo directamente a pensar qué planos necesita esa narrativa para funcionar. Entiendo la IA generativa como un trato al 50% con la máquina: es una negociación constante. A veces tienes que ceder porque algo no sale como esperabas, pero en ese proceso aparecen soluciones que incluso mejoran la idea original.
También hay mucha inversión de tiempo y dinero en pruebas, errores y descartes. La mayoría de ese trabajo no se ve, pero es lo que sostiene el resultado final.
Tus piezas tienen un realismo muy particular, nada pulido ni “perfecto”. ¿Cómo has llegado a ese punto?
Lo que me ha funcionado es lo que yo llamo “realismo sucio”. La IA tiende por defecto a generar imágenes demasiado limpias, demasiado centradas y con una iluminación perfecta. Yo siempre he intentado irme justo al lado contrario. Cuanto más cutre, movido o sudado aparezca el personaje, más me interesa, porque ahí deja de parecer una generación artificial.
Hoy hay modelos que facilitan mucho ese trabajo, pero hace un año no era tan sencillo. Había que pelearse bastante más con procesos, ajustes y pruebas para conseguir una textura orgánica. Y luego está la edición: Instagram es un entorno implacable. Tienes muy pocos segundos para enganchar y muy poco margen para desarrollar la idea antes de perder al espectador. O editas al grano o desapareces.
¿Cuánto tiempo hay realmente detrás de cada vídeo y con qué herramientas trabajas?
El proceso ha cambiado radicalmente. Al principio casi cualquier idea se viralizaba porque el impacto visual de la IA era todavía muy novedoso. Ahora el público se acostumbra rapidísimo a la calidad y el foco está mucho más en el storytelling.
Antes publicaba tres vídeos por semana; ahora saco uno cada quince días. El coste de producción, en tiempo y recursos, se ha multiplicado por diez para mantener el contenido a la vanguardia. La autoexigencia cada vez es mayor y estoy llegando a un punto en el que necesitaré apoyo para sostener el nivel.
En cuanto a herramientas, hasta hace poco hacía prácticamente todo desde el móvil, incluso editando con la propia aplicación de Instagram. Ahora trabajo en Premiere y utilizo modelos como Midjourney, FLUX o Nano Banana Pro para imagen, Kling para vídeo y ElevenLabs para voces. Son herramientas accesibles; el resultado no depende de ellas, sino del criterio humano. La elección de planos, ángulos, expresiones, ropa, iluminación, referencias culturales, guión y humor sigue dependiendo completamente de la persona que está detrás.
¿Crees que la IA va a provocar una explosión de pequeñas narrativas audiovisuales, igual que otras herramientas democratizaron en su día el diseño?
Totalmente. Estamos justo en ese momento en el que equipos de tres o cuatro personas, o incluso menos, ya pueden levantar piezas cada vez más ambiciosas. Lo que viene es una evolución definitiva de los micronichos. Ideas que antes jamás habrían conseguido financiación van a superar en impacto a producciones enormes.
Habrá muchísimo contenido, claro, y gran parte será mediocre. Pero las joyas acabarán apareciendo. Lo importante no será que un algoritmo haga cosas solo, porque eso no me interesa nada. Lo que hace valioso el contenido creado con IA es que detrás hay un humano con su historia, sus errores, sus obsesiones, su cultura visual y su manera de mirar el mundo.
La IA no hace interesante el contenido; lo interesante sigue siendo lo humano que hay detrás.
Trabajas con rostros públicos y con una tecnología que puede confundirse con la manipulación. ¿Te preocupa la línea entre parodia, deepfake y desinformación?
Sí, me preocupa mucho. Sobre todo el uso de los deepfakes para hacer pasar contenidos falsos por noticias reales. Creo que eso debería estar penado. En mi caso la línea es bastante clara: todo mi contenido está etiquetado como IA y jamás busco engañar a nadie.
Estoy totalmente a favor de una ley anti-deepfakes y de que cualquier persona anónima tenga derecho a que no se creen clones suyos. Por eso solo utilizo personajes públicos y trato de hacerlo sin humillación ni manipulación malintencionada. Me inquieta más, de hecho, el uso que puedan hacer de estas herramientas los gobiernos que el que les den los particulares.
¿Temes una denuncia o algún conflicto legal por usar la imagen de políticos y personajes públicos en situaciones tan delirantes?
El riesgo siempre existe, sobre todo cuando eres de los primeros en moverte en este terreno. Pero sinceramente veo poco probable que un político curtido en insultos y exposición pública invierta su tiempo en denunciarme por un reel de Instagram.
En cualquier caso, si recibiera una solicitud formal para dejar de hacer algo concreto, lo haría de inmediato por respeto. Soy bastante cuidadoso con lo que publico y, sobre todo, con lo que decido no publicar. Tengo decenas de vídeos guardados que nunca han salido para no cruzar ciertas líneas ni asumir riesgos innecesarios.
Más allá del entusiasmo tecnológico, en tus respuestas hay también una mirada bastante inquieta sobre el futuro de la IA. ¿Cómo ves el momento actual?
Lo veo con mucha inquietud. Creo que estamos viviendo algo parecido a lo que planteaba Don’t Look Up: un momento en el que el meteorito está ahí, pero la sociedad no tiene capacidad mental ni material para procesarlo. Vamos hacia una transformación enorme y muy rápida, y no tenemos un plan.
Me preocupa especialmente que esta transición genere caos social, desigualdad y una concentración de poder todavía mayor. La IA podría ser una herramienta extraordinaria para mejorar la vida de la gente, curar enfermedades o abrir una etapa casi renacentista para la humanidad. Pero también podría empujarnos a un escenario muy inquietante si no somos capaces de poner límites y pensar colectivamente qué queremos hacer con ella.
Ojalá me equivoque, pero creo que no estamos midiendo de verdad la dimensión del cambio.
¿Te gustaría llevar Ponferrada.IA a formatos más largos o incluso a otros territorios, como el videojuego o las experiencias interactivas?
Sí, claramente. El storytelling es la esencia de lo que hago y me encanta añadir capas de complejidad a los mundos que voy construyendo. Si tuviera los recursos y el equipo necesario, me encantaría llevar Ponferrada.IA a formatos más largos y complejos.
Me atrae mucho explorar terrenos inesperados, como los videojuegos o las experiencias interactivas que la IA va a permitir desbloquear. También imagino el proyecto creciendo hacia soportes físicos, merchandising o formatos que hoy aún no están del todo claros. Al final, para un creador no hay nada más estimulante que ver cómo su universo se expande.
Y mirando un poco más lejos: cuando todo esto se acelere todavía más, ¿qué crees que veremos?
Creo que veremos una etapa fascinante. La IA va a desbloquear posibilidades narrativas muy potentes y formatos que hasta ahora eran impensables. Pero también llegará una saturación inevitable. Después de este empacho tecnológico, sospecho que lo más cool del mundo volverá a ser algo tan simple como ir a una plaza a ver teatro en vivo.
Y eso también me interesa. Porque al final no se trata solo de la herramienta, sino de la capacidad de conectar con la gente. Si el cuerpo aguanta, estaremos ahí, ya sea haciendo gamberradas con IA o moviéndonos hacia otros medios.
