Ben Johnston, la tipografía como artefacto artístico autónomo

Si conseguimos abstraernos y observar las letras despojadas de su función primordial —ser capaces de captar la unidad mínima indivisible de la escritura de una lengua, como define «grafema» el Diccionario de la Academia— aparecen ante nosotros unos objetos poseedores de una gran belleza visual.

Lo paradójico y hermoso del asunto es que esa belleza proviene precisamente de su funcionalidad, de que en realidad son herramientas, signos gráficos sin los cuales el mundo sería un lugar mudo y todavía más atroz de lo que ya es. 

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