Un buen proveedor puede mejorar un trabajo; uno malo puede destrozarlo

Daniel estaba sentando frente al mar, era primera hora de la mañana y tenía todo el día libre. Se imaginaba las prisas en las estaciones de metro, hogares y colegios y él allí estaba, disfrutando del azul inmenso; era una sensación extraña pero desde luego placentera.

Ilustración: Designmodo

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Su agenda estaba más vacía de lo habitual, pero su mente carecía de espacios libres. Estaba pensando en lo curiosa que es la especie humana. A lo largo de toda su carrera profesional no había dejado de relacionarse con personas y más personas, y cuando miraba atrás y recordaba un trabajo, lo que permanecía eran las sensaciones que había experimentado a la hora de realizarlo y las relaciones que había mantenido con las personas que habían participado en él. Temas como los agobios, el presupuesto, los retrasos, los errores, etc. pasaban a un segundo plano y con el tiempo lo que permanecía en su memoria eran las experiencias y las personas.

Recordaba a los proveedores con los que había trabajado. Siempre le había parecido curiosa la relación que se tejía con ellos, personas que aparentemente no forman parte de tu empresa y sin embargo son cruciales en los resultados de tu trabajo. Durante un tiempo había trabajado solo con proveedores locales y reconocía tener cierto pudor a salir de ese entorno. Después de tener algunos problemas aprendió que tenía la responsabilidad de mantenerse al día y sobre todo que debía de abrir la mente y conocer más opciones, independientemente de dónde se encontrase el proveedor. También creía que era bueno fomentar la actividad de su zona, por ello nunca dejó de trabajar con proveedores locales pero aprendió que es bueno buscar al ‘mejor’ y que hay veces que el ‘mejor’ lo tienes al lado y otras no. Creó en ese momento una base de datos y la mantuvo actualizada con categorías que identificaban a sus proveedores, a veces le llegaba publicidad o le comentaban de algún proveedor y aunque no lo necesitase en ese momento lo guardaba en la base de datos.

Se sorprendió de lo que llegó a aprender de materiales y productos. Esto también le ayudó a realizarle nuevas propuestas a sus proveedores locales, lo cual enriqueció a estos proveedores y crecieron juntos. A lo largo de los años había aprendido algunas cosas y se había marcado algunas reglas para poder funcionar mejor. Siempre que solicitaba un presupuesto intentaba tener al menos dos o tres opciones, más si era la primera toma de contacto o la primera vez que realizaba un determinado trabajo… No se trataba de hacer trabajar gratis a los demás, pero en el proceso de esa solicitud, si eras observador ya podías vislumbrar muchas respuestas del proveedor.

También se había dado cuenta de que era positivo marcar una fecha tope para recibir el presupuesto. La mayoría de ocasiones en las que no la marcaba siempre pasaban los días y perdía tiempo reclamando. La gestión del tiempo es muy relativa, lo que para ti es prioritario para los demás no y 48h puede ser mucho o poco tiempo según para quién, y además aún marcando las fechas también había retrasos, lo que ya te podía dar pistas de ciertas cosas.

Con el tiempo habían ido cambiando sus relaciones con los proveedores, al principio solo trabajaba con proveedores locales y su agenda estaba llena de reuniones. Más tarde comenzó a trabajar con proveedores de fuera y al margen de que el proveedor estuviese fuera o no, redujo las reuniones y comenzó a trabajar por mail y mensajería. No se trataba de que las relaciones fuesen impersonales pero sí de buscar un equilibrio, y gestionar mejor su tiempo no le vino mal.

Hubo grandes proyectos que con una efectiva comunicación y una sola reunión se solucionaron y vio que no era tan complicado. Había impreso libros y catálogos a mucha distancia de su ciudad y los trabajos salieron perfectos y había encontrado excelentes packagings, soportes y diferentes materiales que sin duda ayudaron a que sus trabajos mejorasen.

Recordaba también los ‘pudores’ de la primera vez. En una de sus primeras veces, recordaba que habían tenido que realizar una señalética y solicitaron 3 presupuestos. El primero a una pequeña empresa local, el segundo a una empresa muy conocida y algo más grande –también local– y el tercero a una empresa de fuera, con premios y acostumbrada a trabajar en proyectos grandes.

Con un presupuesto razonable pero para un proyecto de pequeño tamaño, al principió tuvo dudas de si contactar con la gran empresa ya que pensó que quizás por el tamaño sería un trabajo que no les interesaría. Pero él, por su personalidad, siempre que se metía en un proyecto pensaba aquello de: “el no ya lo tengo”, “¿por qué no?”, “aunque obtenga una respuesta negativa algo habré aprendido”.

El caso es que finalmente acabaron trabajando con la empresa de fuera, la grande, por varias razones. El presupuesto llegó a tiempo y a través del mismo ya reflejaba mucha profesionalidad. Este dato le sirvió también para darse cuenta de que en otras circunstancias él era el proveedor y que las formas cuentan. El precio no era desproporcionado. Desde el principio dio con una estupenda persona, porque al final son las personas las que cuentan, que se involucró en el proyecto asesorándole en materiales y descubriéndole opciones que sin duda mejoraron el proyecto considerablemente.

De la segunda empresa pasaron los meses y ni recibió el presupuesto. Las dos veces que lo había reclamado siempre le habían dicho que tenían mucho lío y le habían dado promesas incumplidas.

Desde luego no es que estuviese de acuerdo en trabajar siempre con grandes empresas, pero sí con grandes personas y en más de una ocasión había trabajado con proveedores en los que la empresa la formaban una o dos personas pero cargados de ideas y ganas de hacer las cosas de manera profesional.

También recordaba a un serígrafo con el que había trabajado y con el que los plazos de entrega desde el principio fueron fatal, pero aún así no tomó la decisión de cambiar a tiempo. Les ‘destrozó’ un trabajo y aunque los errores los podía comprender, lo peor llegó después, cuando las soluciones que le planteó para solucionar el problema no tenían ni pies ni cabeza. Sin duda se equivocó al elegirlo.

Se acordaba de más de uno al que había ‘pillado’ con alguna mentira y esto le había parecido la mayor falta de respeto que se podía cometer, además de que no lo entendía.

Se había topado con algunos proveedores cansados, sí cansados, aquellos que antes de comenzar ya lo ven todo imposible y percibes que las ganas de colaborar son escasas. Por suerte, encontró a personas con una enorme calidad humana y con las que aún hoy seguía manteniendo el contacto, que desde el inicio se habían involucrado en los proyectos y aún sin contar con los recursos o herramientas las habían buscado hasta dar con soluciones envidiables y siempre cargadas de sinceridad.

La sinceridad era algo que apreciaba enormemente, pero no aquella ‘prefabricada’ de estrategia comercial, sino la de verdad, la que era coherente y realista. Otra de las cosas que había apreciado a lo largo de sus relaciones era la capacidad de compromiso, que aunque suene rimbombante, es de gran ayuda en el desarrollo de un proyecto y evita perder mucho tiempo y agobios.

Aprendió que un proveedor no es caro o barato, se trata de que encaje en el proyecto y las expectativas que uno tiene sobre el mismo. Tomar una decisión tan solo por precio a veces sale caro. Bien porque te hace perder más tiempo o bien porque baja la calidad de los resultados y en un trabajo como el nuestro, en el que los buenos proyectos llaman a mejores proyectos, esto es importante.

Con el tiempo aprendió a ser agradecido y a cuidar a sus proveedores porque quién tiene un buen proveedor tiene un tesoro.

El sol comenzaba a abrigarlo con más intensidad y los azules se convertían en plata, comenzó a andar y sobre la marcha había pensado en pasar por la escuela a saludar a sus antiguos alumnos que hoy estarían allí por unas jornadas. Si aligeraba un poco el paso, tampoco demasiado, llegaría a almorzar y podría ver a Cira y al resto.