Cuando Duchamp jugaba al ajedrez

Una exposición en la Fundación Miró presenta un análisis de las vanguardias del siglo XX con el juego del ajedrez y el artista Marcel Duchamp como hilos conductores. La muestra se podrá visitar hasta el 22 de enero de 2017

Fin de partida Duchamp1

Julian Wasser

Dieciséis piezas móviles situadas en un tablero dividido en sesenta y cuatro escaques dan lugar a uno de los deportes más «cerebrales» que existen: el ajedrez. Sus reglas, su estética (en blanco y negro) y sus curiosas piezas lo han convertido en un referente desde su creación por parte de los persas y, no es de extrañar, que en el siglo XX ya se practicara. «Fin de partida: Duchamp, el ajedrez y las vanguardias» recupera su función en los movimientos artísticos de la época en una exposición en la Fundación Miró de Barcelona que toma como marco cronológico la labor profesional del artista, y también ajedrecista, Marcel Duchamp, además de otros referentes artísticos. Se podrá visitar hasta el 22 de enero de 2017.

Comisariada por Manuel Segade, la exposición dispone de varios espacios temáticos que, a través del ajedrez, presenta obras de Duchamp, además de otras enmarcadas en corrientes artísticas como el cubismo. Klee (con su «Überschach, Gran mesa de ajedrez» del 1937), Kandinsky, o Josep Hartwig, de la Bauhaus, entre otros, se convierten indispensables en esta muestra. Además de ello, la Fundación Miró también presenta algunos retazos de la célebre exposición «The Imagery of Chess», organizada por Julien Levy, Max Ernst y Marcel Duchamp en Nueva York en 1944.

«Todos los artistas no son jugadores de ajedrez, pero todos los jugadores de ajedrez sí son artistas», aseveró Duchamp. Segade recuerda dicha frase para señalar en la misma dirección que, para el artista, el juego de ajedrez se había convertido «en un proceso mental y conceptual que tenía mucho que ver con las nuevas formas de entender el arte». La exposición, a partir de sus «capítulos», irá mostrando cómo el ajedrez, tanto en las clases altas, como las bajas, ganó prestigio como un pasatiempo intelectual que llegó para quedarse y que describió, con sutileza, los cambios históricos del momento.