Chaumont no es para profesionales

Todo diseñador conoce o reconoce casi de manera instantánea el nombre de Chaumont como si éste fuera uno de esos términos que aparecen en los temarios de las escuelas de diseño y que el estudiante asimila como parte del léxico de su futura profesión. Chaumont, ese pequeño pueblo —o ciudad, nunca conseguí definirlo bien— en medio de Francia en el que una vez al año los diseñadores llegan para invadir sus espacios y arrasar con las baguettes de sus pequeños supermercados con la excusa de celebrar el «Festival international de l’affiche et du graphisme» es decir, un festival de diseño gráfico en general y de carteles en particular; un concepto éste, el de festival, que por definición asociamos a algo festivo y que, quizá por nuestra costumbre de «Semanas temáticas» no consigamos vislumbrar con claridad el tipo de evento que se esconde realmente bajo tamaño nombre.

Hace no mucho, una persona a la que tengo en gran estima, hablando sobre el festival, el cual conoce bien, me dijo que sin duda alguna todo diseñador debía ir al menos una vez, pero insistió en que la verdadera experiencia, lo que verdaderamente vale la pena, es hacer alguno de los talleres que se allí se imparten. Pese a que en ese momento no me interesaban demasiado los talleres por lo poco que conocía de pasadas ediciones en una búsqueda superficial, guardé el consejo, y hace unos meses, en un encuentro fortuito con la nueva web de la edición 2012 me interesé por los talleres que este año se iban a impartir. La mayoría estudios jóvenes, todos con un discurso ‘moderno’ del diseño, y a cada cual más experimental/conceptual que el anterior; el precio, 90 euros alojamiento incluido. ¿Donde está la trampa? Los talleres son exclusivos para estudiantes. En mi último año de carrera y con una ciega excitación de adolescente frente a ídolo, me preinscribí sin pensarlo demasiado. Al poco recibí la respuesta —había sido admitido— y cuando me quise dar cuenta ya estaba en un tren París—Chaumont con transbordo en Chalons Champagne.

Al llegar allí y tras desconcierto inicial de no saber muy bien a dónde ir, le siguió la respuesta más natural posible de seguir a aquellos solitarios que tenían pinta de diseñador —sea, cual sea esa pinta— y que parecían conocer el camino o al menos se dirigían a alguna parte con determinación. Y eso siempre inspira confianza. Llegamos a las puertas del teatro «Relax» donde un montón de jóvenes franceses se fumaban sus cigarrillos sin descanso y donde al parecer se encontraba el punto de reunión. Tras entrar y preguntar sacaron de una caja apenas sin tocar mi «guía del workshoper» en inglés y se confirmaron mis sospechas de que el llamado festival internacional de Chaumont tenía poco de internacional; me encontraba en medio de Francia, rodeado de franceses, y para colmo, bastante más jóvenes que yo. Allí no había alumnos de último curso, allí había alumnos de segundo, tercer y cuarto curso —en Francia la carrera de diseño suele ser de cinco años entre los tres básicos y los dos de especialidad— que iban a vivir una experiencia única con gente de todas las escuelas de Francia.

El súbito desencanto y la terrible sensación de inevitable pérdida de tiempo que supondría mi semana en Chaumont pronto desapareció cuando, al oído de la internacional «sorry» di con la primera persona con la que podría mantener una conversación en condiciones. Así comenzó una semana en la que cada día asistíamos a dos conferencias, dobladas a viva voz al francés o al inglés según el idioma utilizado por el conferenciante, trabajábamos por grupos en el workshop seleccionado y hacíamos noche en habitaciones de tres personas en un albergue empeñado en llamarse hotel perdido en las afueras del pueblo y el que ocupamos literalmente llenándolo casi en su totalidad.

La dinámica de los talleres dependía de cada ‘tutor’ pero todos mantenían una actitud muy participativa permitiendo que poco a poco todos los estudiantes nos fuéramos conociendo. Ahí fue cuando me contaron que el festival era el más conocido en Francia, que grupos de amigos se organizaban para acudir o que asistentes de un año quedaban con los amigos que habían conocido para encontrarse de nuevo al año siguiente. También conocí de una clase entera de segundo de carrera que tiene como salida organizada todos los años la asistencia al festival. Hasta los alumnos internacionales habían acudido allí en grupo: una decena de alemanes que habían hecho el viaje en coche, un pequeño grupo de suizos que también se habían montado su pequeño ‘road trip’; incluso un trío de suecos a los que la escuela les había pagado el viaje para que ejercieran de exploradores y llevasen de vuelta a su escuela la experiencia.

A pesar de que cada nuevo día conocía o encontraba alguien que hablaba algo de castellano, allí era el único español y ante la pregunta constante de: ¿eres el único de tu escuela? Cada día me preguntaba a mí mismo cómo era posible que teniendo algo así tan —relativamente— cerca, no hubiera nadie más, de ninguna escuela española. Era inevitable pensar que por muchos cursos de diseño nacionales, por muchas ‘semanas’, por muchos premios que nos repartiésemos, éramos incapaces de superar la barrera pirenaica y acudir a este tipo de eventos internacionales. Pareciera como si los estudiantes de diseño en España se dieran satisfechos con alimentarse de las endogámicas referencias que nuestras fronteras ofrecen sin tener interés en buscar más allá, ni aún cuando el precio es tan irrisorio. Yo mismo he acudido a cursos nacionales de una calidad cuestionable a un precio desorbitado al compararlo con la experiencia vital de una semana en el extranjero, rodeado de apasionados por una profesión —la de grafista— en un ambiente internacional con la oportunidad de ver, escuchar y trabajar con referentes europeos en su campo.

Porque esto es realmente el festival de Chaumont, una semana escuchando a tipógrafos, diseñadores gráficos, cartelistas e impresores profesionales; además de trabajando codo con codo con gente como tú y como yo, apasionada por esta profesión, que si ha de quedarse toda una noche sin dormir plegando las hojas de la publicación en la que ha estado trabajando, se está. Y reconforta. Es inevitable crecer viviendo esta experiencia en la que al final quien más quien menos ha dicho una palabra en francés, otra en castellano y otra en alemán y donde todos hacen el esfuerzo de hablar contigo en inglés.

Tras 5 días en los que las historias para contar ya son muchas, las cenas en el parque o la barbacoa con los compañeros dan para que pasen muchas cosas y todos tienen algo que contar o algo que preguntar al otro; ¿que librería me recomiendas en París?¿Cuál es la mejor escuela para estudiar en España?¿Cómo lanzasteis esta revista en Alemania? Con todo esto a las espaldas, llegó el fin de semana y Chaumont se vistió de gala para recibir a los muchos visitantes que, como domingueros en la playa, se habían acercado de todos los lugares de Europa para ver lo que por allí sucedía. Conocí a un ruso que vivía en Holanda que venía con mucha curiosidad, hablamos y le conté con emoción lo positivo de mi experiencia; varios estudiantes orientales que preguntaban sin cesar por direcciones, en definitiva el lugar explotó de vida. En las calles había cabinas con diferentes exposiciones o actividades, todos los workshops montamos nuestra pequeña pero orgullosa exposición, como cada día las conferencias gratuitas seguían en el lugar y fecha habitual, algunos alumnos de escuelas europeas presentaron su proyecto final en los espacios designados para ello… mi impresión, tras una semana durmiendo poco y trabajando mucho, fue de fin de fiesta.

La entrega de premios al mejor cartel profesional, y la exposición de carteles en sí misma fue algo anecdótico, casi circunstancial. El domingo, el último día, me volví a encontrar con el ruso y le pregunté qué le había parecido. Me dijo que era algo para venir a ver una vez, a lo que yo le contesté que lo que verdaderamente valía la pena, era venir a hacer alguno de los talleres.

  • No puedo evitar el querer volver a ser estudiante para poder tener acceso a este tipo de talleres en los que uno adquiere y ofrece todo tipo de conocimiento, de este tan maravilloso mundo del diseño.

    Ya me contarás en persona más anécdotas del lugar.

    Me has dejado los dientes como Morsa, de largos claro.

  • Alberto Rey

    Me has dejado con los dientes laaaaaargos! :D